Del silencio y sus demonios

 

Hay silecios que consquistan almas, pero hay silencios que solo se consiguen a cambio de vender el alma al diablo.

 

A veces creemos que los silencios nos dan paz. Pero ¿qué sucede cuando las palabras que no se dicen nos golpean por dentro con tanta furia que nos hace sangrar? Son hemorragias de felicidad interna. Se nos va la alegría dentro de nosotros como la arena entre los dedos. Da igual cuánto cerremos la mano, que se acabará escapando. Es eso justo lo que nos sucede. Vendemos nuestro bienestar a cambio de aparentar ser fuertes. Fuertes ante los demás, y fuerte ante nosotros. Y lo único que logramos es hacernos daños a nosotros mismos, y daño a quien más nos quiere. Y sólo hacemos feliz al demonio a quien vendimos nuestras palabras, a cambio de un silencio.

No nos equivoquemos. No somos más valientes por callar nuestros miedos. Ni menos bravos por contar lo que nos hace sufrir. A veces de tanto callar lo que sentimos, dejamos de decir nuestros sueños en alto y acabamos olvidando aquello que nos llena de ilusión.

¡Salgamos a la calle ahora! No pensemos en cómo vamos vestidos y si vamos peinados (o en si vamos vestidos y cómo vamos peinados). Salgamos y gritemos al mundo qué es lo que nos hace sentí vivos. ¿Quién sabe?, entre sueños gritados tal vez oigamos nuestro nombre en la boca de alguien, o tal vez hallemos a quién nos pueda ayudar a encontrar nuestra propia ilusión. Vamos a gritar y a enfrentarnos a los demonios que nos robaron la voz a cambio de una seguridad que nunca fue real.

Rompamos los silencios angustiosos, los que nos arañan la garganta y se acumulan en el estómago. Y a los demonios, a esos, gritémosles hasta que la fuerza de nuestra voz les aleje de nuestro lado.

Será entonces cuando dejemos un sitio a nuestro lado para compartir juntos ese silencio que sí nos reconforta.

 

 

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