Violencia, violación,                        violencia.

 

El rictus de “tipo duro” de aquel hombre se le desvaneció del rostro cuando un fulano preguntó su nombre, sacó una “fusca” y le descerrajo  cinco disparos en la cabeza. El hombre cayó mientras su sangre se extendía por el suelo grasiento de la taberna. El que hizo los disparos, soltó la “fusca” y se sentó en una silla, sereno, esperando lo inevitable. La conmoción entre los “parroquianos” de aquella taberna se cortaba como  gelatina ensangrentada. Todos conocían la mala fama del ahora “difunto” y sus malos modos con las mujeres. Era un “mal bicho”, lo sabían y lo temían. Pero ahora tan solo era un cadáver con la cabeza destrozada.

    Entraron varios policías municipales, arma en mano. Uno de ellos conocía al “pistolero” y se dirigió a él:

   ─¿Fuiste tú, Ramón?

   ─Si, Remigio.

   Remigio le puso las esposas, mientras decía en voz alta, para que todos lo escucharan:
   ─Tienes muchos cojones Ramón. Pero de la “trena”, no te libra nadie.

   Ramón ya esposado y en pie, le miró asintiendo mientras  le contestaba:

   ─Ahora ya me la trae floja, Remigio. Pero  ese hijo de puta no violará a más niñas como hizo con mi pequeña.

   Entre aquella gente, todas las miradas de admiración y reconocimiento se centraron en Ramón.
   Lo que hizo, estaba mal y todos lo sabían. Pero muchos eran padres y se pusieron en su lugar.

 

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