Todos temen ahora

 

    Aquellas calles del centro de la ciudad eran tumulto de pasiones encontradas, de gentes que revoloteaban sin rumbo. Unos corrían hacia delante, eran los que no querían saber nada de su  pasado, otros corrían hacia atrás, aquellos no querían encontrarse con su futuro.  Nadie parecía querer   detenerse,  estar  quietos, como si  temieran enfrentarse con su presente. “¿Por qué no se  están quietos?”,  pregunté  a tan  febril multitud esperando alguna respuesta.

     Nadie tuvo el menor  interés  en contestar,  parece que nadie me escuchó.  Pero vi  un anciano, sentado en una plaza que coronaba una  de las avenidas más abigarradas, no lo pensé, ese hombre estaba quieto, estaba sentado, miraba sonriente la algarabía y me acerqué:

    ─Señor, perdone mi intromisión, ¿cómo qué usted no actúa como toda esa gente?

    ─Me reconforta su pregunta, joven, ya que usted tampoco se agita enloquecido. Esas pobres gentes y más que las hay, pero no las vemos, no quieren detenerse, porque si les alcanza el “ahora”, no saben lo que harán, tienen pavor al presente, porque no saben qué rumbo tomar.

    Le di la mano, asintiendo su inteligente comentario.

    Mientras volvía a mi casa, sorteando tantos bultos sospechosos, pensé en la frase de un amigo que pretende ser escritor, Es  difícil encontrarme cuando tengo que buscarme solo”.

 

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