Todo eran tinieblas

 

 

      En aquel oscuro antro, quizás disco-bar, no sé cómo le llaman, todo eran tinieblas, sólo distinguía sombras que parecían danzar al ritmo de estridentes acordes ruidosos que insensibilizan mi razón. Y estaban esas luces, tan fugaces, sincopadas, se encendían y se apagaban en una mezcolanza estúpida que pretendía llegar a ser belleza y solo eran relámpagos estruendosos sin ningún sentido.

 

      Aquello me superaba, no llegaba a comprender cómo llegué allí, mis amigos desaparecieron y yo solo  pensaba en escapar ahora que aún estaba lucido. Decidí dejar de beber, aquel batiburrillo de sensaciones me embriagaban sin yo quererlo, no quería perjudicarme más y entonces fue cuando la vi. Era solo una sombra, adivinaba sus contornos difuminados, pero que destacaban entre  varios estafermos que pululaban a su alrededor, intentaban acercarse, aunque la protegía una extraña aurea.

 

     Algo me atrajo de aquella sombra, era muy  alta, su melena rubia bailaba sola, pero sin abandonar un cuerpo, que en la distancia semejaba de ensueño. Siguiéndola con la mirada dejaba entrever  unos cabellos dorados, matizados entre  humo y  luces. No pude evitarlo, me sentí atraído por aquella sombra tan viva y tuve que aproximarme. Llegué a pocos pasos de ella y cuando vi su rostro me encontré con una belleza que no  puedo describir y sobretodo sus ojos… Cuando me vio,  nos miramos, nos dijimos todo sin decirnos nada, la sentía mía y yo era suyo.

 

     Sus ojos enrojecidos, humo y pasión entrelazados, los míos perdidos en su dulzura, los suyos inundados, con un extraño fulgor. Sin poder dominarme, vencido por indefinibles instintos, extendí mi mano hasta  acariciar su mejilla. Ella puso su mano sobre la mía apretándola, y entonces la sentí tan mía… Sus inmensos ojos suplicaban que  la besara y todo mi aplomo estaba sucumbiendo por hacerlo. Entonces apareció un  hombre, muy hombre, rubio, magnético y me ignoró. La cogió a ella del brazo y le susurró algo al oído.

 

     Ella asintió, se marchaban los dos y durante unos interminables segundos, eternos me parecieron, con su mirada me suplicó perdón, en mis ojos vio algo que quizás le pareció amor y por un segundo, quisiera anhelar que derramó una lágrima, pero se fue con aquel hombre.

     Nunca la volví a ver y nunca volví a sentir lo mismo por otra mujer.

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