Silbidos de muerte

 

  

    Soy Vanesa Ríos, doctora  de “ACNUR”. Ahora estoy  destinada en Alepo.

    Estamos en la parte recuperada por el ejército sirio, pero la proximidad de los “yihadistas” de “Al Nusra” que aun resisten, confiere a esta zona una alta peligrosidad. Intentamos encontrar refugiados, heridos o cualquier persona que nos necesite. La ausencia de vida confiere un aspecto fantasmal a la avenida en la que nos hallamos, el silencio solo es interrumpido por explosiones,  inútil juzgar de donde proceden, porque  de donde provengan, tanto daño lo han causado los dos bandos.

     La avenida, o lo que fue una avenida, donde estamos está colmada por ruinas de edificios. De las palmeras que flanqueaban la calzada solo restan troncos chamuscados, apenas queda pavimento. Se intuyen vuelos en altura de cazas rusos que bombardean las zonas rebeldes. Con menos asiduidad, es zona liberada, escuchamos  silbidos de  granadas de “RPG`S” rebeldes que pasan sobre nosotros, no siempre impactan lejos, muchas veces sentimos vibrar todo nuestro cuerpo por las explosiones.

     La enorme cruz roja que llevamos  en el techo de nada sirve si la gentuza de “Al Nusra” te enfila con sus “RPG`S”, de momento estamos lejos de sus puestos de tiro, eso tranquiliza, o no, depende  de la suerte.

     Me acompañan Mati y Josele, sanitarios. Sentados a la sombra apuramos algún cigarrillo, ninguno fumábamos, ahora lo hacemos todos, el estrés  es insufrible. Cadáveres, hombres, mujeres y lo peor  niños. Niños destrozados por las bombas, con mutilaciones atroces, niños llorando, sin sus padres, preguntándose  el porqué de este horror que ellos nunca debieron sufrir, pero lo sufren como todos los civiles encerrados en esta trampa mortal llamada Alepo.

     Por ello, en momentos de reposo aunque tenso y expectante, solemos conversar de cosas triviales, en ello estábamos cuando a través de la radio escuchamos un inquietante “mayday”, alguien pedía auxilio, salté al interior de la ambulancia y contesté la llamada. Era Martina, compañera de “ACNUR”, estaba en una guardería arrasada, unos kilómetros más hacia la zona rebelde. Habían ido a recoger unos niños que estaban aislados con  su profesora en los sótanos, única parte del edificio que permanecía entera. Unos cooperantes franceses, supieron por otros refugiados de su existencia, habían ido por sus medios, es decir caminando, a comprobar si seguían vivos. Encontraron  una docena de niños entre los seis y doce años, habían llamado a “ACNUR” que mandó una camioneta medicalizada para recogerlos. Llegó entre las dificultades que conocemos, con Martina y Lewis el conductor, ingles, contactaron con los franceses y la profesora siria en el sótano, intentaban protegerse de los misiles rusos. Cuando iban a evacuarlos un “RPG”, surgido de las líneas de “Al Nusra” destrozó parte de la camioneta. Tras varias horas, Lewis consiguió hacer funcionar la radio.  Martina necesitaba ayuda urgente para sacar a los niños de allí. Le contesté pidiéndole las coordenadas para llegar a la guardería y salimos a toda “hostia”.

     La marcha en aquellas avenidas destrozadas era un prodigio de lentitud, exasperante, más cuando sabíamos que la vida de aquellos niños estaba en peligro. Si los “yihadistas” habían descubierto la camioneta, tratarían de alcanzar con más “RPG`S” las cercanías para acabar con  posibles supervivientes.

     A nuestro alrededor algunas explosiones animaron el viaje hasta caer la noche, entonces  cesaron las explosiones, aunque debíamos apagar los faros para no ser un blanco  fácil.

     Tardamos más de dos horas en llegar a la guardería. Vimos la camioneta destruida, aparcamos tras ella para protegernos. Al oír nuestro motor los franceses y la profesora salieron, con alegría contenida, porque sabían que la vuelta entrañaba muchos peligros. Martina comentó que dos niños tenían heridas de consideración, con lo que pudo sacar de  su camioneta intentó estabilizarlos, pero necesitaban más cuidados antes de emprender la vuelta. Cogimos los maletines y bajamos al sótano, el panorama encogía el alma, ojos brillantes de niños con la cara sucia de polvo y humo, algunos, los más pequeños llorando.  Una niña, unos once años, con la pierna rota por dos sitios, un niño que tendría cinco, con una herida abierta en el pecho de metralla. No cabía perder tiempo en piedades, tocaba estabilizarlos para que soportaran el viaje.  Los dos angelitos,  ni lloraban del terror que los embargaba. Josele mientras comprobaba si los demás estaban bien.

     Cuando creímos que los dos niños podían viajar,  subimos por los restos de la escalera, arriba la oscuridad era total, tuvimos que encender los faros para poder subir a la ambulancia, iríamos muy apretados pero iríamos todos. Organizando la ambulancia escuché unos silbidos conocidos, ¡eran “RPG`S” que se aproximaban!, después sentí las explosiones.

     Días más tarde, una compañía de mujeres kurdas, avanzando hacia zona rebelde, encontraron dos ambulancias destrozadas. Al acercarse vieron  un panorama dantesco, incluso para aquellas veteranas combatientes, un amasijo de niños y adultos destrozados, cubiertos de sangre y polvo. Sus sanitarias  solo encontraron con vida a una mujer a la que atendieron.

    Más tarde la identificaron como Vanesa Ríos, doctora de ACNUR, la única superviviente de aquella nueva masacre… otra de tantas.

                                                                                

 

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