María, su hermana... y la Guardia Civil

 

                                                                                   

     Ya se escucha el sonido, la verja de la entrada está abriéndose, no tardará en aparecer María. Ese chirriar lo estaba esperando tanto, como lo estaba temiendo, porque significaba que ella llegaba.

    Desde el día que me abandonó, más de un mes hace, no la he visto. No respondía a mis llamadas, intenté por  amigos comunes que me quisiera escuchar, que habláramos, que me permitiera explicarme, poder pedirle perdón por mi grave error. Ni caso. Por sorpresa, sin que  albergara esperanzas de oírla otra vez, me llamó, distante y fría, ─quiero hablar contigo en persona─, dijo. Intenté entablar una conversación, pero ella cortó tajante, ─solo dime cuando nos podemos ver, nada más ─. Quedamos al día siguiente y ahora está a punto de entrar en casa.

    María y yo nos conocimos rayando los treinta, compartimos cumpleaños hasta tres veces. Ella era más joven, yo más gilipollas. Todo fue bien, maravilloso, nos queríamos y en el sexo nos partíamos el pecho de tanta pasión que destilaban nuestros momentos.

    Yo trabajaba desde casa, escribía contenidos para internet, ella era profesora adjunta de Sociología, experta en comunicación social. Nos encontramos una tarde en una librería y fue un enamoramiento mutuo, nuestras conversaciones sobre literatura, la comunicación y la nueva forma de relacionarse por internet, nos cautivaban. Solo el sexo nos hacía dejar nuestras charlas, y una buena botella de vino con algo de aperitivo...para acabar en la cama.

    Pero un día su hermana menor quiso estudiar Bella Artes. Vino a la ciudad a vivir con nosotros. Era inteligente, despierta, sin tabúes ni inhibiciones y su atractivo, magnético. Destilaba erotismo innato y su cuerpo era una provocación para los sentidos.

    Yo estaba enamorado de María. Punto.

     La convivencia entre los tres era encantadora, divertidos, dicharacheros, su opinión siempre  certera y sus veintidós años le salían como hormonas por todos sus poros.

     Ya dije, ella no tenía tabúes y yo, llegó el momento que no tuve vergüenza. Pasábamos demasiados tiempos solos, ella no empezaba aun las clases, y pintaba.

    Un día, por cosas de trabajo, María no vendría a dormir. Cenamos, charlamos, bebimos…y follamos. Creo que por ese orden. Follar con ella fue un nunca acabar, deliciosa, impúdica y en el fondo ávida de descubrir todo lo que el sexo pudiera enseñarle. No sigo,  esto no es una novela erótica, pero sí que fue un una novela  dramática cuando a media noche para darme una sorpresa, ¡menuda sorpresa!, llegó María. Entró sigilosa en la habitación, la estupefacción se la llevó ella, nos pilló aun en faena. Gritó un ─¡¡cabrones!!  ─, desgarrador y se fue.  A su hermana le cortó el rollo, a mí la respiración.

    Al día siguiente su hermano mayor vino, recogió sus cosas y a su hermanita, ignorándome se marcharon. Desde entonces, destierro sentimental, arrepentimiento, autocompasión, chorradas… La cagué sin remisión, qué inmensa cabronada le  gasté a la persona que más quería…con su hermana.

    La puerta se abrió, no había puesto la llave, entró, muy guapa, más cabreada. No quiso sentarse, se  acercó, me escupió en la cara, me dio una hostia de campeonato y  dijo:

    ─Mi hermana está embarazada. Mi padre es muy antiguo y Teniente Coronel de la Guardia Civil como sabes.  Te casas o te mata. Tú decides.

    Me dejó el teléfono de su padre para cerrar  detalles y se fue, la puerta no la rompió porque me costó un pastón,  el portazo que dio casi lo consigue.

   Me he quedado sin palabras, y el panorama, desolador. Padre con pistola,  tricornio,  niña embarazada, el galán gilipollas…no sé qué haré.

Contacto

Correo electrónico:

info@revistacheshire.com

Revista Cheshire en redes sociales: