Manu y Chesca

 

      Manu y Chesca, eran pareja desde la Facultad de Medicina, donde con buen aprovechamiento, se doctoraron.

     Sus familias, tenían “muchos dineros”, de toda la vida. La parejita tenía a su nombre el chalet dónde vivían, equipadas las consultas donde ejercerían, y preparados los gastos de su próxima boda.

     Era un domingo, comida familiar, sin previo aviso, refirieron que partían a trabajar en África, con una ONG en la que colaboraban.

    No valieron razones, ni ruegos, ni lloros maternos. Enseñaron sus billetes, salían el martes para Bruselas, de allí a Goma, capital de la provincia de Kivu Norte, Zaire, donde están las principales minas de Coltán del planeta, donde existe una soterrada lucha entre  multinacionales para controlar la producción de ese “mineral de sangre” codiciado  por occidente.

      El miércoles, entrada la noche, llegaron a Goma, base de la ONG. Camino de la base, se sumergieron por “calles” de pobreza extrema, barro, marginación, unos ojos acostumbrados a tantos lujos, observando barrios dónde la miseria se doctora.

    En la base, les advirtieron del peligro, no querían héroes y el lugar era de los peligrosos, el que más. Partirían al amanecer a su Hospital de Campaña, al pie de la mayor cantera de Coltán de Zaire, en Rubaya,  zona muy violenta, bajo control del ejército ruandés, país por donde salía el mineral hacia occidente, enriqueciéndose mayoristas y  mafias gubernamentales, protegidas por militares ruandeses.

    Al llegar, no amanecía aun, contemplaron la procesión de nativos harapientos, adolescentes, mujeres, incluso niños, subiendo a la cantera para trabajar en agujeros, nula seguridad, para ganar unas miserables monedas que costaban sangre, sudor y demasiadas veces, vidas. Al anochecer las mismas personas bajaban con pesados cestos de mineral para malvenderlos  a los mayoristas, que se iban enriqueciendo, hasta los grandes traficantes, que llenaban camiones con destino a Ruanda.

     Para controlar a los trabajadores y sus quejas continuas por las condiciones infames del trabajo, el ejército ruandés patrullaba, sin uniforme, pero bien armados.

     Por dinero custodiaban el Hospital soldados ruandeses, pagados, para evitar el pillaje de  nativos desquiciados que asaltaban para robar a quién podían, hartos de alcohol y cocaína.

    Después de una semana de intenso trabajo, Manu y Chesca, estaban muy lejos del lujo y muy cerca de su nueva realidad, sudorosos, sucios de  sangre y barro, trabajaban extenuados para atender tanta miseria.

    Una mañana, se escucharon demasiados disparos, una batalla campal entre soldados contra cientos de trabajadores protestando por sus condiciones de laborales, gentes bajaban ensangrentadas. Médicos y sanitarios desoyendo las razones de sus custodios, corrieron hacia la matanza, entre ellos Manu y Chesca.  No daban abasto entre tantos heridos, al cabo de varias horas, se confundían con los negros que se arrastraban sangrando, cuando una bala perdida destrozó la cabeza de Chesca. Manu y sus compañeros intentaron reanimarla, al llegar al Hospital, Chesca no respiraba… y Manu moría en vida abrazándola.

    Manu enterró a Chesca en el Cementerio Belga, en la tierra donde había dejado su vida. Por carta, comunicó a sus familias que seguiría en África para siempre,  no tenía intención de separarse jamás, recalcó, de la tumba de su único amor.

     Las familias desoladas, pero  Manu no regresó, quería ayudar a esa gente por la que había perdido la vida su amor, dispuesto a seguir, hasta encontrarse con ella, perdiendo el miedo a morir… porque quería vivir con ella.

 

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