El paraguas

     Goteaba, presagio de chaparrón, necesidad de paraguas, porque no tenía ningún interés en ducharme vestido. Entré a comprar paraguas en un “chino”. El chino del “chino”, era un anciano de indefinible edad, no era cómo otros, aunque todos parezcan igual este era distinto y su local era el menos “chino” de los que he visitado, me recordaba alguna película. Dijo tener uno muy especial. Le dije que solo pretendía no mojarme,  sonrió y le pagué.

    Al salir a la calle, las gotas habían trocado en una lluvia intensa. Abrí el paraguas, dejó de llover sobre mí, mientras diluviaba para los demás transeúntes. Un poco mosqueado por lo sucedido, cerré el paraguas. Ante mi estupor, dejó de llover para todos, pero sobre mi cuerpo serrano cayó una lluvia que decir furiosa, era poco decir. Aquello era una locura, abrí el paraguas, los peatones  recibieron el chaparrón que me había dejado calado hasta bien entrada el alma. Algunos se estaban convirtiendo en ánades, yo, mientras,  seco, sin rastro de  lluvia sobre mí.

     Repetí varias veces la jugada, y el asunto era  siempre  igual. Si yo estaba sin mojarme sobre los demás diluviaba y viceversa.

     Un grupo bastante numeroso de personas, ya mojadas hasta las trancas, se acercaron y  me increparon, “¡¡cierra de una vez tu maldito paraguas!!”

     Si lo cerraba,  me iba a mojar. Pero a ellos eso les importaba un pito, no querían mojarse ellos. Muy enfadado por aquel berenjenal, me acordé del puto chino y de varios antepasados suyos. La situación era complicada, era enfrentar su egoísmo contra el mío, lo quise solucionar por las bravas y rompí el paraguas.

     Entonces la lluvia arreció aun más, si aún faltaba agua, cayó en tromba. Nos pusimos  perdidos todos. Aquellos estúpidos que estaban tan remojados como yo, me miraban mal, creo que les jode que seas diferente.

 

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