Desatinos

 

 

Todos los días era lo mismo. Verla, pasar junto a ella, incluso inhalar su aroma y dibujar su silueta bajo mi cuerpo apasionado. Pero no podía aceptarlo, mi moral me lo impedía, pero quizás no era mi moral, quizás  era no poder "joder" a una mujer que siempre estuvo junto a mí.

     Cuando veía el amor que desde siempre me profesaba mi mujer, durante tantos años, tanto amor que a mí me desapareció, cuando yo solo le guardaba un cariño enternecedor.  Cuando me miraba, tan enamorada como siempre, yo sangraba desamor por cada poro de mi alma. No quería engañarla, aunque solo era mi mente la que le traicionaba, pero mi cuerpo sentía la necesidad de estar con la otra, mientras la otra desconocía mi pasión por ella.

     Pasaba el tiempo con ensordecedora lentitud. Pero no pasó lo que hubiera querido, porque mi amor por la mujer que no debía, seguía. ¿Y qué hacer?, ¿y qué no hacer? No sabía lo que aquella mujer sentía, pero la sentía tan próxima a mí…

    Hasta que un día, sin conocer lo que la otra mujer pensaba de mi pasión por ella, tan solo guiado por mi deslealtad, quise confesar algo que nunca pasó a mi mujer. Ella me miró. En sus ojos habían lágrimas, había devoción, había de todo menos rencor.  Se acercó al balcón, temí lo peor. Fueron instantes que me hicieron temblar, pero ella se volvió, diciéndome entre sollozos desesperados, "si me comparas con un deseo, cuando yo soy la realidad, lo mejor es que te decidas de una vez, pero te pido que no lo hagas junto a mí”.

    Me fui de casa, herí su orgullo de mujer y la dejé.

   Nunca pude declarar ni una brizna de mi pasión a la otra, porque la otra quería a su marido, y yo, por una quimera que sentí, me quedé solo… como nunca quise estar.

 

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