BARBOSA

 

 

    Barbosa entró embutido en un corpiño de enfurecimiento, malos modos, aún peor, sin modos. Preguntó embravecido, "¡¿dónde está Petunia, adónde?!”, miró por todos los rincones  de aquella sucia tasca y la creyó ver en un apartado recodo, sentada con otro tipo. Restrepo, amigo de nadie, pero un cretino para todos, creyó ver una pipa en su bolsillo al pasar Barbosa por su lado y demostrando su valor, se fue  presto de la tasca el muy badulaque.

 

    Al fin, Barbosa la atisbó, “¡Petunia, rediós, por fin te pillé!” La mujer se volvió, pálida de tiza y crayón, levantó de su cerveza y dio un respingo nervioso, "¿Barbosa, qué me  pretendes?”, su cara se convirtió en un halcón maltés, por lo avieso de su mirada.

 

     El bebedor de cerveza que  acompañaba a Petunia, sus intenciones no sabemos pero imaginamos, del apretón en sus partes al ver a Barbosa, metió la cabeza en la jarra que estaba bebiendo. Desde lejos alguien le vio algún parecido con "Nemo" y Petunia, viendo al pez en que su pretendiente se convirtió, sintiendo la soledad que da la valentía de tantos, repitió temblorosa, "Barbosa, por Dios, ¿para qué me buscas? y entonces pasó, lo que pretendía Barbosa. Se metió la mano en el bolsillo donde aquel huidizo vio una pipa, tensión eléctrica entre los que aún conservaban sus pelotas. Sacó despacio un teléfono móvil y extendiendo la mano, dijo, solemne, a la vez que picarón, "Petunia, mozuela, anoche te dejaste el móvil cuando estuviste follando con mi mujer".

 

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