Asesinos habituados

 

     “Asesinos habituados”

     Aquel puto carlista, bregado en innumerables campañas, botas enfangadas, sucio hasta aburrir y aburrido de matar liberales, se dio cuenta que su sable estaba partido. Buscó con mirada sucia, por tanto barro y sangre en los ojos, el trozo que le faltaba.  Lo encontró atravesando  el cráneo de un tambor y el tambor era casi un niño. Ahora solo era otro muerto más, ¿qué importaba que fuera un niño?

     Escuchó un disparo,  pasó cerca, pero pasó. Quiso saber quién era el “menda” que se lo dedicó. Era un cabo de esos putos liberales, rocoso, tan bragado como él que ya recargaba su pistolón, para volver a joderle y esta vez no quería fallar. El carlista le apuntó con su trabuco, disparó sin pensar y no pensó que estaba descargado.  Su rostro lo vio negro, con crispación, el liberal, si tuviera ganas, reiría, pero está hasta los huevos de tanto matar carlistas y no recordaba reír.

     El liberal le apunto tranquilo, pensó, “un hijo puta menos” y disparó. La bala se cruzó en un vuelo mortal con el trozo del sable que le quedaba al puto carlista.

     Una bala destrozó un corazón carlista, un pedazo del sable partió la cabeza del liberal.

     Los dos estaban muertos y sólo España perdió, como tantas veces, matándose unos iguales por cosas del pensar y este dislate, de alguna manera, parece continuar.

 

 

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