El silencio apropiado

 

Oyes un sonido y despiertas. Abres los ojos y no ves nada, sólo oscuridad: estás muerto. 

No, no lo estás. Has creído estar muerto, nada más; aunque no es poco. Quizá lo soñaste, quién sabe. Cuando has abierto los ojos y visto tan sólo esta negrura tan profunda y persistente, te has asustado.

Suena el teléfono. Ahora todo encaja. Sin embargo, no te tranquilizas: la explicación, completa e inexpugnable, no resulta suficiente. Cuándo lo han sido, suficientes, te preguntas de pasada, con cinismo.

Enciendes la luz de la mesilla de noche y compruebas la hora: madrugada. Maldices y reniegas. Como ya estás prevenido y preparado, contestas rápido; no te haces de rogar más. Te informan con exactitud, escuchas con atención y no te sorprendes, finges: hoy era el día señalado: hoy tenía que ocurrir la muerte anunciada. Ahora no es momento de lamentarse ni hacerse preguntas estúpidas, sólo queda acudir y cumplir con el cometido asignado, que no es mucho, que tampoco has ensayado, y para el que intuyes el fracaso y presumes el ridículo, que por un motivo inexplicable temes más. Los demás ya están en la casa y faltas tú.

Llegas a la casa tan rápido como te ha sido posible. Todos están allí, antes que tú. Te reciben con frialdad, con un silencio apropiado, de velatorio. Muchos te ignoran, la mitad por temor y la otra mitad por puro y simple rencor; el resto parece no haberse dado cuenta de tu llegada. Nadie te dirige la palabra ni busca tu compañía ni tu conversación, ambas incómodas; inapropiada la primera y estéril la segunda.

Deambulas como un fantasma por el salón, bien iluminado, como para conjurar un peligro que, de ser real, ya ha sucedido; te adentras en la cocina para tomar una copa, hay de todo, no han descuidado ningún detalle; y no dejas de apreciar el cuidado, el mimo y la mala conciencia con que todo ha sido dispuesto: el muerto dio instrucciones precisas y nadie ha osado discutirlas, contradecirlas o maquillarlas. Te das cuenta que tú todavía no has entrado en el dormitorio a presentarle tus respetos. Aceptas el reto.

Te dejan vía libre, no van a impedirte el encuentro con tu destino. Entras solo en la habitación y te acercas a la cama, donde yace el cadáver. Te acercas lo justo para observar con detenimiento su rostro, que es el tuyo. Caes desmayado, inconsciente, y algunos acuden a tu llamado silencioso.

Oyes un sonido y despiertas. Abres los ojos y no ves nada, sólo oscuridad: estás muerto.

No, no lo estás.

Te equivocas: sí que lo estás. 

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