Delicadeza

 

Nada había sido olvidado:

 coartadas, azares, posibles errores.

 Julio Cortázar

 

La lluvia lo pilló por sorpresa, sin avisar y sin paraguas; y aquella cafetería surgida de la nada le pareció al hombre la mejor de las opciones, quizá porque no veía otra, porque el aguacero amenazaba con estornudos repentinos y resfriados prolongados. Entró al local sacudiéndose las tozudas gotas de la ropa empapada, y eligió una mesa apartada, solitaria, también una de las pocas que quedaban libres. Pidió un café con leche bien caliente: sólo quería guarecerse del chaparrón, esperar hasta que escampara y, mientras tanto, entrar un poco en calor: en resumidas cuentas y en todos los sentidos, sólo quería protegerse.

Le trajeron su café y, tras agradecer y sonreír por cortesía, el hombre acogió aquella cálida ofrenda con ambas manos. De repente, mientras soplaba el escurridizo humo que salía del pozo de la taza, pudo ver a la mujer sentada en la mesa de enfrente. Era tan sólo una mujer sentada enfrente que agotaba su consumición y leía su libro como otras tantas mujeres que se habían sentado enfrente o a su lado en cientos de ocasiones y al final se habían levantado para luego desaparecer inevitablemente de su vida. A pesar de decirse esto, el hombre no quería, no deseaba por nada del mundo que esta nueva mujer siguiera aquel mismo destino cruel: estaba cansado de tanta soledad.

Intentó no ser descarado, disimuló lo que pudo y empleó su tiempo en observar detenidamente a aquella mujer que, ahora era evidente y seguro, no veía por primera vez. La conocía de vista, parecía recordarla de siempre; pero también supo que jamás podría decirle una palabra. El hombre pensó que nada hay más extraño ni más delicado que la relación entre las personas que solamente se conocen de vista, y por este motivo tuvo que admitir con amargura que lo único que él podía hacer era lo que ya llevaba haciendo un buen rato: observarla en silencio y esperar, aunque no supiera el qué.

Ella seguía leyendo su libro, ignorante de las miradas cada vez más insistentes del hombre, concentrada al máximo en la lectura ya que la cerveza bien fría que había en su mesa permanecía intacta. Nada impedía aquella concentración ni interrumpía aquella lectura: ni el sonido bullanguero del local, ni el silencio obstinado del hombre del café con leche sentado enfrente.

Sin embargo, algo parecido al instinto de supervivencia ―la forma más primaria y brutal del conocimiento― la hizo cerrar de golpe el libro y levantar los ojos de aquellas páginas terriblemente hipnóticas. La cerveza bien fría seguía a su lado, y el sol brillaba despiadado a través de las cristaleras de la cafetería, que a aquellas horas lucía un completo abandono de la clientela: sólo quedaban en ella los camareros, con el aburrimiento y las ganas de hacer la caja tatuadas en los rostros. Nadie había enfrente, nadie la miraba; se había equivocado una vez más, la enésima.

Notó el sudor resbalando por su nuca. Dio un trago a su cerveza y regresó al libro: allí seguían la lluvia y el local abarrotado, también el solitario hombre del café con leche, observándola en silencio y esperando, como ella misma, aunque ambos no supieran el qué. 

 

         Relato incluido en el libro “Arquitectura del miedo”                    (1y0 Ediciones, 2016)

 

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