Área de servicio

 

Llevaban ya más de dos horas largas de marcha, y estaban bastante cansados; además, el indicador del depósito de gasolina había entrado peligrosamente en la marca roja, avisando de la escasez de combustible. Una veintena de kilómetros atrás habían visto la señal: área de servicio. Debían parar; era su mejor oportunidad.

          Un surtidor antiguo, de los que ya no se fabrican ni arreglan, y un destartalado, mugriento local de carretera; nada más que esto era el área de servicio. Un olvidado lugar de paso, ya apenas eso: una triste mota de polvo en el horizonte, ni siquiera un ridículo punto negro en algún mapa arrugado y obsoleto. Mejor.

El hombre pidió que les llenaran el depósito del vehículo mientras la mujer entraba en el establecimiento y pedía dos cafés. La camarera ―una compulsiva mascadora de chicle y experta sopladora de pompas imposibles― sirvió los brebajes; aquellas tazas habían conocido tiempos mejores (quién no), y el contenido de las mismas tenía un espesor y un color tremendamente inquietantes, alejados de la normalidad. La mujer ni siquiera dio las gracias. Pagó en el acto y no dejó propina.

―De nada ―ironizó la camarera, algo dolida por la falta de cortesía; aunque su servicio había sido tan desganado e indiferente que nadie podría sospechar que era el primero en días, quizá en semanas.

          Nada más entrar, sin pensarlo dos veces, el hombre bebió el contenido de su taza de un solo trago; necesitaba despejarse, y rápido: tenía el cuerpo entumecido, agarrotado, y había tenido que hacer contorsiones para salir del coche. Además, tenía la cabeza en otra parte, a años luz de allí, en los límites sórdidos del crimen y el asesinato a sangre fría.

Largo tiempo había estado pensando en cómo deshacerse de la mujer sin levantar sospechas. Planeó coartadas descabelladas y urdió lo que pudo. Y ahora por fin llegó a la conclusión, por instinto, por aburrimiento un poco, que esto ya no tenía sentido y que más le valdría desprenderse de ella de un navajazo limpio en el costado o en el cuello, sin dar mayor importancia a la sangre derramada en el asiento del copiloto, para posteriormente dejarla abandonada en la cuneta: compensaría así la falta de calidad con la rapidez.

― ¿No vas a beberte eso? ―preguntó a la mujer, que lo miró con desdén olímpico; claro que no iba a beberse aquello―. Vámonos de aquí.

El hombre le abrió la puerta del local y, al mismo tiempo, palpó satisfecho, casi feliz, la faca que escondía en el bolsillo de su chaqueta. Era diestro con el cuchillo: tenía varias, bastantes peleas a sus espaldas; algunos de sus rivales, los que seguían vivos y todavía tenían ganas de recordar las derrotas, podrían dar fe de su técnica. Además, estaba decidido. ¿Qué diablos podría salir mal?

Ni se imaginaba que la mujer había estado pensando lo mismo que él, pero durante más tiempo y mucho mejor; y que mientras tomaba asiento a su lado, sonriendo con estudiada candidez, sostenía con delicadeza de madre primeriza el bolso en el que descansaba terrible y ansioso un revólver bien limpio, perfectamente cargado.

 

 

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