Una noche de verano

 

 

Son malos tiempos, amigo mío. Cuando cunde el desánimo, como en ti, como en mí, cualquier momento puede ser decisivo. El destino, caprichoso, serpentea y se desliza sigiloso ajeno a nuestra voluntad, por el sudoroso cuerpo de las noches de verano.

¿Estaba nuestra suerte ya marcada, tal lejana a nuestras ilusiones? ¿Qué habría pasado si desde el viejo bar hubiéramos dado plantón a la suerte esquiva? Descarados e impulsivos, hubiésemos seguido el camino de la aventura improvisada, de lo desconocido. Porque así ardía en nuestros corazones la pasión por vivir intensamente la noche larga.

Si aquel maldito escalón no hubiese dado con mis huesos en el suelo y con mi cabeza ensangrentada ¿El siguiente desvío del destino nos hubiera llevado  a vivir grandes aventuras? Tú y yo, amigo, ante cualquier situación que la noche se inventara y nos ofreciera, al abrigo el uno del otro.

¿Que hubiera sido? Me pregunto una y otra vez, amigo… mientras desde mi tumba, te miro por última vez y me despido.

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