Susurro en la calle 

 

 

Las calles de Madrid estaban vacías, como llenas de espanto. Las calles de Madrid, infinitas, teñidas de gris, con el frío del invierno de fondo, me recordaban mi propia soledad. El cielo ceniciento, como si Dios hoy estuviese ausente o enfermo. Hay un viento frío en algunas calles de Madrid que se mete en el cuerpo para quedarse. Es mi amigo, mi más fiel compañero. Nunca me falla. Mi amigo el frío y yo compartimos andanzas y secretos, y yo le hablo y él me habla, aunque nunca le entiendo y tan solo me dedico a asentir con la cabeza y a sujetarme el sombrero. Las calles de Madrid son más mías que de nadie más, pues yo vivo en ellas, y no son tan solo un mientrastanto del ir y venir de la gente que tiene sus casas, sus coches y sus familias. Yo no soy infiel, muchos de ellos sí lo son. Quien es infiel a su familia, qué no lo será a una calle. Yo soy fiel a la calle y al frío, al viento y al sol, al asfalto y al cartón, y si un día les fuese infiel, se lo diría. No hay nada más miserable que traicionar la confianza de alguien, incluso de algo

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          En el refugio que improviso una noche sí y otra también huele muy mal, pero cuando pasan unos minutos ya no me entero. Un día pasó un chico y me dijo que no sabía por qué me mantenía allí noche tras noche, y que la calle olía fatal. Yo le dije que se callase, o en todo caso que hablase con propiedad. La calle no huele mal, lo que huele mal son los orines o las basuras que se vierten en la calle. Si alguien tiene derecho a quejarse del olor, no soy yo, ni sería él, sería la propia calle. Qué cerdos somos. El chico me miró y torció el gesto. Se marchó y todo volvió a la normalidad, al silencio, a la penumbra de callejón. Yo no pido nada a nadie, cada uno tiene bastante ya con sus problemas y con sus conciencias como para que mi incordio sea uno más, y me malnutro de lo que encuentro por las calles. La vida es un verso duro a veces, pero al fin y al cabo es un verso, y todos los versos tienen su belleza, también los tristes. Es más fácil hacer llorar que hacer reír y por eso también es más fácil caer al lado más amargo de la vida que al más dulce. Hoy me duele mucho el pecho, a la altura del corazón. Lleva varios días así, y noto cómo mi luz se apaga, se vuelve tenue. Entre los cartones, mientras intento dormir, recuerdo mi niñez, pues todos, hasta el más maloliente transeúnte, hemos sido alguna vez un niño adorable, inocente, angelical. Pero hoy me duele mucho y quizás este sea mi último recuerdo, mi última noche de niño atrapado en cuerpo de hombre mayor, ajado de vida y de frio, de calle y de cielo gris. Le hablo a aquel niño que habita en mi recuerdo y le digo que lo siento, que por favor me perdone. Lo he hecho lo mejor que he podido. Lo siento mucho. Pronto los dos seremos recuerdo de nadie. “No te preocupes”, susurro al niño que fui mientras intento dormir con mi dolor en el pecho, con mi llama a punto de extinguirse, con tan poca luz dentro de mí que quizás mañana se haya convertido ya en oscuridad, negrura depositada en una calle fría, y quizás mañana mis cenizas en la calle se confundan con las del ceniciento cielo de Madrid en una mañana de invierno.

 

 

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