El río

 

 

Tan solo seis casas contemplaron los veranos de mi infancia. Seis. Allí, en un terreno llano y fértil, fueron mis abuelos a construir, con sus propias manos, seis casas para seis hermanos.

          Pasaba yo meses enteros  en aquel reducto casi virgen, solitario, quizá perdido, quizá olvidado. Tan lejos de todo y tan cerca de mí, por aquello de la soledad. Pero no estaba realmente solo, pues un río vertía sus aguas mansas y limpias al otro lado de los huertos, que orgullosos mostraban cada uno sus colores de hortalizas, sus surcos y sus pozos. En el río pasaba  las tardes enteras, y los cangrejos, peces y ranas eran mis amigos, y de los juncos hacía mi escondite, y de las vidas de los bichos llenaba yo la mía.

          Mis primos a menudo venían a la aldea, pero ellos no se quedaban allí, y por lo que me contaban de la ciudad yo no los envidiaba, pues a resultas de mi corto entendimiento se me antojaba la naturaleza como una madre y la ciudad como una institutriz. Yo era feliz escuchando el rumor del agua del río, su frescor en mi piel de niño, era feliz con los animales que como yo merodeaban las orillas, y si alguna de sus vidas se quedaba a veces en mis manos no era sino producto de mi admiración hacia ellos.

          Recuerdo así mi infancia, y cómo con el agua fresca moldeando mis tobillos orinaba yo feliz en el rio, confundiendo así mi esencia con la de mis amigos los bichos, sin perjuicio de mi mente de crío, pues decidme en el alma quien, alguna vez, no ha orinado en un río.

 

 

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