Vejez

 

 

Aún recuerdo cuando salía a pasear al perro con un libro de poesías de Dante. Un perro que mis hermanas encontraron en la calle la primera mañana del año cuando apenas tenía algunas semanas de vida. Resulta extraño encontrar un perro que apenas acaba de llegar al mundo, a la mañana siguiente de celebrar el nuevo año durante la noche. Nuestra casa nunca fue de tener animales. Tuvimos dos periquitos que murieron al mismo tiempo y mis padres disecaron, y un canario que murió de frío la noche que olvidé meterlo en casa. Perros, no. Mis padres no querían perros en casa, pero Suck acabó quedándose. Le pusieron ese nombre porque lamía todo lo que encontraba; era difícil no acabar lleno de babas. Pasó su vida con nosotros, mis padres le cogieron cariño, un cariño extraordinario que salía de dentro como si fuera un enigmático truco de magia. Hace años que Suck no está. Hubo que sacrificarle porque le iban dando infartos a cada momento. La vejez. Solo quedan los periquitos en un armario del salón de mis padres repleto de recordatorios de nuestra infancia y de su juventud. Me gusta mirar dentro del armario cuando paso a verlos. Hay fotos de sus nietas en el cristal del armario. Hoy he leído alguna poesía de Dante, en casa y en silencio, sin nadie alrededor. «Yo no lloraba, mi corazón era de piedra». Mis días transcurren así, en una casa vacía repleta de palabras.    

© 2019 Eduardo Caballero

 

Fotografía: Dasha Petrenko

 

 

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