Una huella única

 

 

Después de escribir no sé cuántos cientos de veces aquella frase, no recuerdo qué decía. Mi madre estuvo conmigo hasta bien entrada la noche y no nos levantamos hasta acabar el castigo. Me enseñó a escribir en la hoja de cuadros y a escribir de manera que se entendieran las palabras. Tenía sueño y, la verdad, escasas ganas de cumplir la pena. Ella, paciente, se sentó a mi lado, reconfortándome como por arte de magia. Entre cada palabra, deja un cuadro, decía, y escribe despacio. Tengo sueño, replicaba yo en alguna ocasión. Cuanto antes acabes, antes podrás irte a dormir, respondía. Varias décadas después, y entre otras, recuerdo esa imagen en particular al pensar en ella. Al día siguiente, entregué el castigo orgulloso de llevar mis deberes hechos y de haberlos hechos bien. La profesora garabateó en el cuaderno su popular visto, fe de su aprobación, y me devolvió el cuaderno sin contar siquiera las líneas ni detenerse a reconocer el buen hacer de la caligrafía. Regresé solo al pupitre y guardé el cuaderno en la cartera. De todo aquello, solo queda hoy la agradable sensación de sentir la compañía de mi madre, enseñándome a escribir bien en el cuaderno de cuadros, como única huella de aquel castigo. Ya no puedo hablar con ella cosas así. Solo queda lo que permanece dentro de mí, voluble y frágil como la memoria. Lo mejor de los castigos es cuando alguien amado los transforma en acogedores recuerdos. Lo que dijera la frase, son cosas que se olvidan.

 

© 2018 Eduardo Caballero

Contacto

Correo electrónico:

info@revistacheshire.com

Revista Cheshire en redes sociales: