Un chiflado

 

Podía acercarme a Elsa al cruzarnos, rozar parte o un fleco de su ropa al pasar, el bello rubio de su brazo al coincidir en un gesto hacia el pomo de la puerta o incluso su tersa piel, que no se apercibiría de mi presencia. Pasaría de largo antes de expirar un suspiro, prosiguiendo su camino premeditado, ajeno a cuanto pudiera pasar por mi mente y por mi corazón, ninguna de cuyas lindes eran claras ya entonces. Nos imaginaba en un entorno bélico, en la calle sembrada de ruinas, ensordecidos por el sonido de los aviones sobrevolando sus objetivos, por el silbido de las balas y el estruendo de los cañones. En ese entorno en el que las pieles no se rozan conseguiría su atención al entregarle pan de la tienda, al procurarle abrigo y calmarla con palabras de ánimo; conseguiría que me hablara y no tardaríamos en hacernos compañeros, en compartir sufrimientos como cualquiera. Salvaríamos el paso del tiempo en ese valle de destrucción y la complicidad obligada daría sus frutos, habría modificado nuestra visión y nos llevaría a construir una vida de valor. No sería necesario preguntar si me amaría en el supuesto de ser nosotros los dos únicos supervivientes de toda la especie humana. Pero las guerras no distinguen, muestran la esencia cruel de la vida. La altivez de Elsa, segura del deseo que provoca a su paso, se reduciría a cenizas por esa crueldad inusitada de toda guerra. Puedo parecer trastornado si hablo de esto con alguien, pues nadie espera ya que algo así pueda suceder. A mi vista parezco chiflado cuando al correr y sentir el aire imagino que vuelo, que surco los aires en un avión y que podría devastar una ciudad entera con mi arsenal. No lo hago porque está ella, porque la imagino abriendo la puerta para salir sin nadie cerca que se detenga siquiera a sentir el roce de su piel. Sobrevuelo sin más el cielo olvidándome de las guerras y del suelo que piso de regreso a casa. Todo se encuentra en calma y despejado, todo es inusitadamente habitual.    

                                                   

© 2017 Eduardo Caballero

 

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