Sonidos entrañables

 

Un niño en un escenario nunca es gran cosa. El escenario es algo grande y él siempre será algo pequeño. Quizá Carlo subiese al escenario aprovechando que nadie más se encontrara allí; lo hizo con la ropa de diario y sin nadie observando con atención sus movimientos ni escuchando con interés sus palabras. Nadie. Todo parecía vacío y en silencio. Los tablones emitían un sonido entrañable al pisar sobre ellos, sensibles incluso a su peso menudo. Se acercó al proscenio y observó las butacas. Allí se sentaba el público, los que aplaudirían o abuchearían, aquellos que solo tenían que prestar atención y poner interés. El sudor se encontraba sobre el escenario; el sudor del desánimo y el sudor de la satisfacción. Y sentía algo de los nervios que genera el miedo. El miedo no es un enemigo, es un pobre muchacho que trata de ayudar y no sabe cómo, sintiéndolo todo más grande, enorme. Nadie sabe esto y lo abuchean. Carlo gritó para escuchar el eco, pero solo escuchó su grito. Podía gritar más fuerte, pero lo oirían. Comenzó a departir: «¡Soy el miedo!». Apenas pudo oírse esta vez. Repitió las palabras con voz más grave, como de ogro, y subiendo el tono. Del fondo de la platea sobresalió la voz de una butaca quejándose de no oír. Carlo gritó para ser oído: «¡Soy el miedo!, vengo a por vosotros, que no sabéis nada de mí y solo me desprestigiáis. Soy el miedo, ¡mirad quién soy!». La butaca aplaudió fuerte y seguido. No parecía un sueño. Su madre emergió de la penumbra de la platea sonriendo. Carlo se moría de vergüenza, todo se hizo grande de nuevo, aún más grande que antes, y él empequeñecía, volvía a su ser. Retrocedió al fondo del escenario sumiéndose en las sombras. Su madre subió con esfuerzo y le pidió de espaldas al público: «Vuelve aquí, sal de lo oscuro, anda». Su voz se escuchó en todo el teatro sin apenas haber alzado ella la voz. La madera emitía ese sonido entrañable a cada paso sobre el escenario, en algunas zonas más que otras. Todo parecía vacío y en silencio, y nada era lo que parecía.                       

© 2016 Eduardo Caballero

 

 

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