Sin tiempo

 

Quizá llore por una tontería, la tarde sea triste y me haya dado por pensar. Unas cosas llevan siempre a otras y he acabado sintiendo algo de culpa, la sensación de no haber actuado bien entonces. Se dejó la vida cuidándonos, planchando de noche la ropa para tenerla lista al día siguiente, hablando con el tutor para seguir la evolución en los estudios, manteniendo la casa limpia, las camas hechas y la comida a su hora. Todo esto en cada época: infancia, adolescencia, juventud. No lo pensaba porque las cosas eran así, la ropa estaba en su sitio, no tenía que preocuparme de la comida y había horarios, igual que sale el sol y que llega el otoño tras el verano. La vida transcurría entre raíles, como si nada fuese a variar en algún momento. La decisión de marcharme de casa sucedió una tarde de invierno. El día estaba soleado y comenzó a llover en apenas unos minutos. A llover de verdad. Ya habíamos discutido varias veces, un día más. Ya le había gritado lo mucho que la odiaba. Lo hice de nuevo en una rabieta impulsiva. La sangre se calentó hasta la ebullición y podía haber llenado de agua la bañera y haberme sumergido en ella para enfriarme, pero era tarde y, una vez más, le grité que la odiaba. Me pidió ayuda para quitar la ropa del tendedero antes de que comenzara a llover más fuerte. Decirle que iba enseguida fue una respuesta de paja que se quemó con mi sangre. Hice lo posible por tardar mientras la lluvia arreciaba. Estaría calándose y esa idea me produjo placer. Al poco tiempo, antes de poder acudir a ayudarla, se asomó por la puerta y dijo que ya no era necesaria mi ayuda, que ya había retirado toda la ropa. Respondí que estaba encharcando el suelo y, sin decir una palabra más, fue a secarse al baño. Me levanté y entré de golpe, chillándola: «¡Conmigo te guardas las ironías, iba a ayudarte!». Ella respondió que daba igual, era lo mismo. No podía esperar porque llovía torrencialmente. Y yo seguí gritando, me invadió un diablo colmándome de histeria. Regresé al cuarto, llené mis bolsas de lo primero que, pensaba, podría hacerme falta y me marché de casa con un portazo. Fuera llovía y me empapé hasta el primer sitio en el que pude resguardarme, lejos del portal de mi casa. Entonces, dejaba de serlo.

 

Lo cierto es que no regresé en muchos meses y fue para visitarles. Ella acababa de recibir el alta del hospital y estaba en cama. Tuvimos una conversación breve y superficial, como si reinara la normalidad de siempre, la de antes de revolverme contra ella por cualquier cosa. Fui por la tarde y estuve un par de horas. Su mirada parecía preguntar sin esperar respuesta. Una situación que identifico con este llanto y esta tristeza que me embargan ahora, que me ha dado por pensar. Dar tanto para que todo acabe así, sin tiempo de hablar ni de reconciliarse.

 

© Eduardo Caballero

 

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