Quiero ir contigo

 

El pájaro se desenreda al fin de las ramas con su hábil vuelo. Se eleva sobre las copas y contempla el cielo que acoge las nubes por las que llegó a suspirar. Todo se hace pequeño, al fin, y el viento resulta agradable. El pájaro planea, se mece en el aire acunado por caricias fraternales. Un niño lo contempla desde la loma, más allá del boscaje, temeroso de los vientos que lo sacuden. El pájaro parece reconocerlo. Sabe que no es posible, pero lo imagina, desea sentirlo así; sentir que el pájaro lo reconoce, desciende el vuelo para dejarse ver de cerca, para hacer saber al niño… Él sonríe sin perturbar los labios. El pájaro eleva su vuelo con bellos virajes y planeos, ante la mirada cautiva del niño, que contempla su marcha, lo observa empequeñecer en la distancia y se sienta sin apartar la mirada, como si el pájaro permaneciera aún allí. Transcurrido el tiempo y abatido, desciende la mirada al horizonte, la acerca al valle y se percata de la caída de la noche. Regresa con paso lento a casa, en un pequeño claro del boscaje. Sueña con aprender a volar. Sabe que no es posible, pero lo desea. Y desenredarse, al fin, de las mismas ramas.                                                                                     

© 2018 Eduardo Caballero

 

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