Perla

 

Cerrada y calmada como un corazón envejecido y derrotado, la noche reposa en una agradable paz que satisface a Perla, el corazón senil que apoya sus brazos en el marco de la ventana abierta. Sola, al fin. Era una sospecha más que un deseo, algún día habría de llegar el momento. Todos los momentos llegan y no puede escaparse de ellos ni ellos permiten su demora. Los momentos… Podrían ser habitantes de un país, de un planeta entero, cada uno con su peculiar forma de ser, único, irrepetible, así como las personas. Las personas fallecen y los momentos también, aunque éstos en menos tiempo. Tiempo, ese aire que llega a cada rincón y afecta a toda materia. Perla contempla una pareja meliflua que camina abrazada mirándose y trastabillando al descompasar el paso. El cabello blanco de ella le hace parecer un personaje de cómic. Las adolescentes se tiñen el pelo de gris perlado y eso le hace gracia. Sonríe. Refresca un poco, pero es soportable. Le gusta sentir el aire. Ella no ha de preocuparse por el cabello. Tampoco por los recuerdos. No puede evitarlos, llegan igual que los momentos, sin aviso previo, sin posibilidad de huir de ellos y sin que ellos permitan su retraso. Es así como la muerte, que es otro momento. La pareja ha desaparecido de la vista y la noche regresa a su estado. Perla piensa en volver a la cama. Ni un atisbo de sueño, pero sabe que pronto amanecerá. No se siente cansada, pero mañana lo estará si no hace por dormir. No es algo importante, pero le agrada descansar, soñar un poco y sentirse con alguna fuerza. Le gusta pasear y, en algún momento, le gusta estar sola. Estaría bien que el momento de la muerte y el del sueño coincidieran finalmente. Siente adormecidos los ojos y regresa a la cama tras cerrar la ventana. A su edad el cuerpo se resfría con facilidad. Se cubre con la sábana, que huele a limpio, y cierra los ojos. Ahora sí, descansa.  

© 2017 Eduardo Caballero

 

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