Los nervios de las hojas

 

     Itziar se entretiene contándolo todo. No se entretiene, es un trastorno obsesivo compulsivo. Sabe que su nombre tiene seis letras, que los tapacubos del coche junto al que acaba de pasar tiene un dibujo de seis radios; multiplicados por el conjunto de ruedas hace un total de veinticuatro radios, a los que cabe sumar los veinticuatro espacios que dejan los radios entre sí. Cuarenta y ocho es un número que no aporta información alguna de interés. Son dos días, dos veces veinticuatro. Le gusta más pensarlo así porque una pareja, según el diccionario, es un conjunto de dos personas o cosas que tienen alguna correlación o semejanza. Eso le hace pensar en su novio David, en ellos, una pareja siendo uno. Se conocieron un día doce y comenzaron a salir dos meses después, otro día doce. Tienen dos aniversarios que suman cuarenta y ocho. La mitad de doce es seis, que es su número favorito. El tres, el siete y el nueve son números que le hacen sentir mal y trata de que sus cálculos no arrojen un resultado con esos números. Hoy es doce, celebran su segundo aniversario de conocerse. Hace dos años él se acercó a ella y le preguntó: «¿qué te cuentas?». Ella no respondió. Contaba panchitos en un plato para tazas de café. «Podemos contarnos algo juntos, ¿qué te parece?», prosiguió él sin amilanarse por el silencio. “Vale, tú sigues ese pasillo, yo regreso a mi casa y los dos contamos los pasos hasta llegar”. David era algo cursi, pero se empeñó en acompañarme para contar los pasos juntos y yo no tenía siquiera intención de regresar a casa. Hicimos pellas en el parque frente al instituto. En fin, es una bobada (palabra de seis letras). Las bobadas carecen de información alguna, pueden hacerme sentir segura (seis letras), que es una nonada también, pero no tienen valor alguno para nadie que no seamos nosotros. Igual es el mundo quien padece el trastorno obsesivo compulsivo de mostrar todo en números y en cantidades o de manera que la realidad pueda transformarse en un número. Sea como sea, Itziar sigue caminando, se acerca al lugar de la cita, el cruce de dos calles del barrio. Él espera con unas flores y ella desea no entretenerse a contarlas así las tenga en sus manos; no contar sus pétalos, las hojas del tallo y los nervios de las hojas. Dos no son uno, es uno el que absorbe la idea de dos. Las baldosas del suelo son lo bastante grandes para contarlas, los pasos hasta llegar a él pueden contarse, los segundos, las respiraciones y los encuentros. Son cosas como la pena y la tristeza que no pueden contarse; ellas podrían ser la causa por la que el mundo se descompone en números a los ojos de Itziar. Quizá pensara que David acabaría con los números y que el mundo quedaría así al desnudo, sin nada que contar, solo con letras; ni eso, nada de números ni letras. Y, entonces, se encontró ante David, mirando nada, perdida en sensaciones, con la pena y la tristeza escondidas, sabiendo ella dónde porque su ingenuidad pueril dejaba una parte de ellas a la vista: un poco del zapato, una oreja, un dedo o una coleta. Ya en brazos de David, comenzaron a caminar. Ella llevaba las flores en su brazo derecho. Alzó la vista al cielo y se dejó llevar en silencio, como si levitara en el etéreo y perdiera toda conciencia. Apenas unos pasos más y se desmayó, cayó inerte al suelo cual marioneta a la que hubieran cortado las cuerdas y las flores se desparramaron por el suelo. Al acuclillarse asustado junto a ella, lo primero que observó David fueron los ojos en blanco de Itziar.                                                                      

© 2017 Eduardo Caballero

 

 

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