Las tardes, entonces

 

¿Sabes? Cada día me acercaba a buscarla. Nadie me lo dijo, pero yo sabía que sus clases de tenis acababan a las ocho y ella regresaba a casa sin entretenerse. Así que esperaba en la puerta del club, la saludaba y caminábamos juntos hasta el portal. Yo procuraba hablar de cualquier cosa, pero imperaba el silencio la mayor parte del tiempo. Un día le conté que, en contra de la creencia extendida, era mejor ducharse con agua fría en invierno y con agua caliente en verano. Algunos especialistas fundamentaban esta deducción basándose en la termorregulación corporal. Al ducharse con agua caliente en invierno, el cuerpo es más susceptible al cambio de temperatura y la sensación de frío es mayor, en tanto que si acostumbramos el cuerpo a la temperatura ambiente, la sensación de frío es menor. Igual sucedería con el calor, claro. A ella le pareció una tontería, lo dijo así. Y dijo que seguiría duchándose con agua caliente en invierno. Lo cierto es que no sabía de qué podría hablar con ella para que accediera a salir conmigo. Tampoco sé bien por qué deseaba esto. Una tarde, al llegar a su portal, dijo que no era necesario que le acompañase a casa cada día. Respondí que no me importaba a hacerlo. A ella sí le importaba que lo hiciera. Ése fue el último día. De todo lo que hablábamos, recuerdo a veces esas dos conversaciones, la del agua y la de sus deseos. Es cierto, es una locura ducharse en invierno con agua fría. No tiene sentido. Cuando tienes frío, procuras calor y te abrigas; cuando tienes calor, haces por refrescarte. Todos los animales hacen eso, procuran su bienestar. También recuerdo el silencio. Creo que nos inquietaba a los dos.                                                                                                                                                                                                    

© 2017 Eduardo Caballero

 

 

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