La guerra y el escudero

 

El joven escudero se acercó a la cama en la que yacía el guerrero sin apenas conciencia. Saludó a su Señor y alguien dijo que el guerrero no podía hablar ni entender palabra alguna. El guerrero miró inexpresivamente al joven. Éste tomó la mano y le dijo: «paciencia». El guerrero asintió levemente con la cabeza. Permanecieron en silencio un instante antes de que el joven retornara la mano inerte a la cama. Se dio media vuelta y salió de la estancia. Por el camino pudo ver la armadura y las armas del guerrero, que no habría de usar más. Tantas cosas que no haría ya, tantas cosas pendientes de hacer. Ya en el exterior, el joven tomó su pequeña espada, nada que ver con la de un guerrero como su Señor, y comenzó a practicar aun sin saber lo más elemental. Su Señor confesó un día haber comenzado así. «Aprendemos a atacar por la necesidad de defendernos», le había confesado. Eso ya era una enseñanza elemental, pensó.   

© 2017 Eduardo Caballero

 

 

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