Juguetes para decorar

 

Paolo seguía construyendo sus muñecos y juguetes en la trastienda. No eran necesarios porque apenas había sitio para más, pero no dejaría de trabajar así pasaran cincuenta años más y sus manos temblaran como las alas de un joven colibrí. Nunca entraron demasiadas personas a comprar, sí muchas a mirar; se quedaban extasiadas al contemplar la belleza artesanal de todos aquellos objetos como si les afectara profundamente el peculiar olor que emanaba de la trastienda para impregnar el aire e incluso las ropas, procedente de los barnices, la cola y el serrín. Los niños atendían a las caras de los muñecos y trataban de averiguar el tipo de diversión que podrían aportar aquellos juguetes. Alguien compraba uno alguna vez, pero se vendían más los muñecos. No parecían tiempos de jugar y todos parecían prestar más interés en las posibilidades decorativas del trabajo de Paolo. Ah, no era trabajo para él, no eran objetos. Ya, tampoco sus hijos. Su vida, era su vida. Recordaba cómo había tallado la madera, las compras que había requerido, los secretos de fabricación de cada uno de aquellos seres. Sí, la madera está viva. Paolo seguía construyendo sus muñecos y juguetes en la trastienda, absorto en su labor y en los latidos de su corazón. Los días presentes solo traían incertidumbre: ¿cuál sería su último muñeco, su último juguete?, ¿lo dejaría a medias?, ¿qué sería de toda aquella vida atesorada en aquel local sin un rincón libre? Colgaban del techo y apenas dejaban espacio para atravesar la tienda hasta el mostrador. Distraía la incertidumbre en la trastienda, trabajando como si aún hubiera tiempo por vivir. Dicen que los colibrís se encuentran presentes a la hora de morir, dicen que es el ave más pequeña del mundo. Lo escuchó Paolo en el documental de anoche. Trabajaba en un muñeco articulado de expresión ambigua y grande como un niño de la calle. Tenía pensado sentarlo tras el mostrador. Heredaría El rincón de Paolo muy pronto. Nadie entraba ya ni a curiosear. Sabía que no tardaría en llegar el momento en que alguien entrara por la puerta y solo pudiese hablar con aquel muñeco articulado del tamaño de un niño. Eso, claro, si lograba acabarlo. Sus manos nunca han considerado el tiempo.                                                                       © 2016 Eduardo Caballero

 

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