INCISO

 

 

 

El patio vacío, las calles desiertas y nadie en casa. La ventana hubiera podido teñir el tiempo con algo de distracción, pero todo parecía congelado, incluso el tiempo. Movía los brazos, la cabeza y las piernas, andaba por el pasillo y regresaba al salón, se sentaba y volvía a incorporarse antes de regresar a la ventana, solo para sentir que el tiempo transcurría, tan cierto como sentía los movimientos del cuerpo. También veía moverse los árboles ahora, el viento soplaba a ráfagas, quizá para reflejar el paso del tiempo. El tiempo no se congela. Puedes encerrarlo bajo cero en el frigorífico, transcurrirá con idéntica uniformidad. Acaso sea lo único en que pueda confiarse ciegamente, la certeza más sólida del Universo: el tiempo no altera un ápice su transcurso. Si ruedas una esfera perfecta por un suelo perfecto, dándose entre ambos el menor índice de fricción posible, la esfera acabará deteniéndose. Igual dos líneas acabarán cruzándose por paralelas que se definan. Pero el tiempo no se detiene ni se cruza. El tiempo define la idea de infinito, así el patio vacío, las calles desiertas y la casa sola, sin nadie. Unos ojos miran por la ventana y se mueven por ella. Observan y definen, soplan información relevante. El tiempo se tiñe, ya sí. Suena el teléfono. El reloj da la hora y deja de entrar el sol por la ventana. Nubes grises se acercan. Suena la sirena y los niños salen al patio. Cuelga el teléfono y sigue con las tareas antes de que regresen. Antes borra con una gamuza los trazos que ha dibujado sobre el vaho en el cristal.                                                     

© 2018 Eduardo Caballero

 

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