Impersonal

                           

Cae la tarde. Han sido cuarenta y cinco días sin salir de casa. Desde el primero, anota cada día unas palabras en el cuaderno que encargó a R., por eso conoce con exactitud el número de días que ha permanecido en casa, hundiéndose en la depresión de manera mortal, sobre todo al caer la tarde. No ha habido un día bueno, pero tampoco todos han sido terribles. Su primer contacto con el mundo exterior le ha impresionado como al entrar el cuerpo en agua fría. Logra pasar desapercibido, nadie parece fijarse. Sabe de la importancia de no parar. Pasar desapercibido en el exterior depende del movimiento. No detenerse y no moverse más rápido que los demás ni más rápido de lo habitual. Siente el aire en la piel, es un día gris y destemplado. R. no está en casa, ha salido a comprar víveres y cosas para la casa. La situación se ha normalizado hasta el punto de asumir R. su propio hundimiento. Estos pasos no recorrerían la calle de no ser por R., ni el cuerpo sentiría el aire, sobre todo en la cara, en cuya piel siente diminutas gotas procedentes de una llovizna leve, más bien de la humedad de las nubes bajas. El viento las recoge de ellas como si fueran pequeños frutos del árbol. No tardará en llover, ojalá que R. se encuentre de vuelta para entonces. Ha dejado una nota a R. en el sobre blanco de una factura. Salir a la calle parece un buen paso, al menos para quien no tiene el valor de quitarse la vida y ha de encontrar la forma de sobrevivir en ella sin llamar la atención. Entiende que la muerte no distingue espacios, como tampoco la vida, pero el aire se encuentra fuera. No se sobrevive sin aire. Desea contárselo a R.                                                                                                                                                                                                                                         

© 2018 Eduardo Caballero

 

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