Habitantes

Fotografía: WWI, 7 Feb 1918; A sentry uses a box periscope in a trench on the 36th Division front, near Essigny. © IWM (Q 10688)

 

 

Caminar por la estrecha zanja defensiva rozando las paredes de tierra yerma. Silencio donde hubo ruido: disparos, gritos, motores. Ruido. Calma donde hubo bullicio y revolución. El aire es plomo y huele a plomo. Incluso los pulmones, que lo respiran, son plomo. Apoyarse en la insólita pared de la trinchera, asomar cautelosamente la frente y con recelo exponer los ojos a la visión a ras de la tierra, del campo de batalla que media con el enemigo enfrente. Y no distinguir nada más que la tierra castigada y algún resto humano o metálico. Imaginar, en esa posición, que la tierra son ciudades cuyos habitantes son minúsculos a la vista de un soldado echado en la trinchera para avistar al enemigo o para respirar aire, del tipo que sea. Desear vivir en ese terruño, ser un habitante minúsculo, ínfimo, sin pretensiones de volar. Solo vivir en paz sin más; esa paz únicamente alcanzable en el sueño eterno, el de verdad, el genuino y anhelado, el más profundo y hermoso sueño por toda la eternidad. Doblar las rodillas, voltear el cuerpo y permanecer tumbado con la vista al cielo, la espalda en tierra y la atención en el zumbido lejano de los aviones. Y cerrar los ojos siquiera un instante.                                                      

© 2017 Eduardo Caballero

 

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