El pasillo

 

Como cada invierno, Elien no se ha cansado de expresar su odio a la lluvia. Comienza a quejarse en Septiembre y no deja de hacerlo hasta bien entrado junio. Las primeras veces resulta una peculiaridad que hace gracia, incluso. Por la manera de hacerlo, una manera visceral que no oculta su desolación, la mirada indefensa requiriendo compañía, demandando ayuda. Siempre se ha mostrado autosuficiente, dura como la cáscara de un coco. Hoy ha vuelto a hacerlo: «¡He de ir a comprar y no deja de llover!, ¡qué asco de lluvia, de verdad!». Una vez más, que no abra a nadie, que no tardará mucho. El mercado está cerca, apenas cruzar la calle. Se marcha como lo hace el último vestigio de un vendaval. Me acerco a la ventana, hay movimiento en el mercado. La mayoría llevan paraguas. Los coches se detienen en el paso de cebra y los imagino impacientándose. Elien aparece por mi izquierda. Lleva la capucha puesta. Camina por el pasillo entre dos jardines que desemboca en la carretera. Su paso es tranquilo aunque decidido. Todo va bien estando ella. Se acerca a la calle y se dispone a cruzar, el paso queda un poco apartado. Pasa entre dos coches aparcados en línea, mira hacia ambos lados y da el primer paso. No debería porque se acercan coches por ambos sentidos. Aparece un camión. No debería. Y cruza.                                                

© 2019 Eduardo Caballero

 

Fotografía: A. González-Alba

 

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