EL AIRE

 

 

Sonaba como si alguien soltara de golpe todo el aire tomado en silencio durante varios segundos. Iván imaginaba alguien desmesuradamente grande, tan grande que el techo doblaba su cabeza casi hasta el pecho y el culo apenas le entraba en el banco, que debía de ser para él algo así como una silla de bebé para un adulto corpulento. La mujer volvió a asegurar que allí solo estaban ellos. Ella también escuchaba aquel sonido, le recordaba al fuelle que utilizaban para avivar las brasas de la chimenea y de las hogueras. Imaginaba un fuelle enorme, como el de una herrería. “Como para avivar los fuegos del infierno”, añadió Iván. Ella se echó a reír: “Sí, ha de ser grande para que suene así”. Iván insinuó una sonrisa de cortesía y el silencio regresó antes de que el tremendo sonido del aire exhalado lo interrumpiera. Le agradó haberla hecho reír. Silencio… Aire. Silencio… aire. Podrían estar escuchando morir a alguien. Apenas se les oye inhalar, pero exhalan como si no quisieran quedarse aire dentro. Silencio… Aire. Silencio… Aire. Silencio… Harían falta los brazos de un gigante para usar un fuelle así de enorme… Aire. Silencio… Aire. Silencio… Aire. Silencio…                          

© 2019 Eduardo Caballero

 

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