Donde Paco

 

Paco trabajó durante décadas en la oficina de una fábrica. Cuando se incorporó a su puesto de administrativo tenía diecinueve años. Sus padres, sobre todo su madre, hubieran deseado que estudiara y se labrara un porvenir. A esa edad, lo de labrar le sonaba a campo y, lo del porvenir, a tierra tan lejana como la del pueblo extremeño del que venían. Paco tenía prisa por ganar dinero para invitar a Lisa y llevarla en coche, casarse con ella, comprar un piso e irse a vivir juntos… Salía con amigos y él pensaba que lo envidiaban un poco. Décadas de tiempo en su puesto lo encumbraron a la categoría de administrativo senior, que no existía en el convenio sino que era una manera por medio de la cual el departamento de Recursos Humanos motivaba a los empleados más veteranos y valoraba sus años de lealtad, significando un pequeño incremento del sueldo base y algún privilegio social. Nadie permanecía mucho tiempo en esa categoría y Paco, que esperaba ser la excepción, lo constató un día de finales de Enero en que un administrativo de Recursos Humanos le confirmó su despido. Habló con un par de mandos intermedios para solicitar, rogar y suplicar que esperaran el par de años que quedaban para su jubilación, pero nada se movió un ápice de su lugar y, quince días después, los necesarios para enseñar el oficio al nuevo administrativo, un chaval de diecinueve años, Paco se encontró madrugando en su casa como cualquier otro día de tantos laborales, pero sin tener nada que hacer esta vez. Sabiendo que el tiempo corría en su contra como jamás, Paco y Lisa decidieron abrir un pequeño bar con los ahorros y el dinero del despido. Un matrimonio que deseaba jubilarse, cansado de décadas atendiendo el negocio, se lo traspasó a un precio que Paco, para no desanimar a Lisa, quiso considerar razonable. Solo Lisa, en su juventud, había trabajado dos o tres años de camarera para sacar un extra para sus caprichos. Viniendo ambos de trabajar duro desde temprana edad, en lugar de estudiar y labrarse otro porvenir, sabían que la voluntad movía montañas de donde uno quisiera apartarlas y que, de la actitud, se hace fuerza en momentos de dificultad. Lisa propuso el nombre del bar: Donde Paco. Le pareció un nombre simpático y comercial. Sobre todo simpático. Abrieron el bar al público en primavera y comenzaron a tener los primeros clientes. Una tarde, dos amigos que lograron dejar a las mujeres en casa con los niños, entraron a tomar unas cervezas y estuvieron hablando de las vacaciones, del nuevo coche que se había comprado uno de ellos y otros asuntos triviales. Paco les ofreció un aperitivo mientras Lisa tiraba las cervezas. Al cabo de diecinueve minutos, pagaron y se marcharon. Ya en la calle, hablaron sobre el sitio nuevo. La cerveza no estaba mal, pero se veía que no sabían mucho de hostelería. Bueno, la tortilla estaba buena. Ya, aunque tener la tele con una película a todo volumen. Sí, parece que molestábamos. Bueno, volveremos, ¿no? Tampoco está mal, para una cerveza. Sí, lleva poco tiempo, les daremos una oportunidad. Rieron y caminaron dos manzanas hasta el cruce en que solían separarse para volver a sus respectivas casas.                                                                         

 

 © 2017 Eduardo Caballero

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