DESDE LA MESA

 

 

Subíamos a una de las lomas del parque y nos apoyábamos en esta barandilla rota para contemplar la imagen de los jardines, de las fuentes y de los caminos de tierra a nuestros pies; de los edificios a lo lejos y del cielo atardeciendo más allá. Acabábamos por contemplar nuestros ojos y por besarnos con delicadeza, quizá temiendo que los labios se dañaran o que la baranda acabara por romperse con nosotros apoyados en ella. Planearíamos hasta una de esas mesas de ajedrez siempre vacías. No bromees. Está bien, entonces nos besaremos con delicadeza, como para no perturbar el mundo ni nada de lo que pueda haber en él. Y la sonrisa lo perturbaba todo, aquellos besos no porque sucedían guarecidos de todo, incluso del mundo. Y aún era más bello cuando llovía. Me echarán la bronca. Por qué siempre a vosotras, a mí nunca. Somos las que protegemos, vosotros sois los indefensos. Nosotros os protegemos. Silencio. Nos protegeremos y no habrá broncas ni estaremos indefensos. Hablábamos para escucharnos, entre los besos salían palabras de nuestros labios, y nos escuchábamos como podía escucharnos el tiempo. No puede huirse de él, por eso hay que susurrar, esconderse del tiempo, pasar inadvertidos para que sepa de nosotros, pero no de lo que sucede entre nosotros, para que no escucha ni sepa más de lo necesario. Para que los besos sigan siendo tan delicados como para que no ceda la barandilla ni se altere el mundo que, al fin y al cabo, no cesa de alterarse y de ser alterado.                                                                               

© 2019 Eduardo Caballero

 

Fotografía: Eduardo Caballero

 

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