De paso

 

Un hombre muy querido por todos debió de volverse loco un día. No era alguien muy participativo ni hablador, pero era una buena compañía para cualquiera. Una persona a la que escuchar con gusto, bondadosa y cercana. Nadie consigue imaginar qué pudo ocurrir ése día en que debió volverse loco. Tampoco nadie consigue determinar qué día fue concretamente. Desapareció sin más y sin menos. Aquéllos que conocían la casa en que vivía, la encontraron inanimada, como si hubiera fallecido hace meses y nadie hubiera entrado allí desde entonces. Hubo quien llamó por teléfono hasta la grosera insistencia y no obtuvo respuesta alguna. Los últimos intentos fueron caminar horas por los lugares en que se le pudiera encontrar habitualmente. Los más cercanos acudieron a las autoridades, pero nada se consiguió con aquello. Aquel loco encontró la felicidad el impreciso día en que salió a pasear y decidió salirse de las aceras y parques por los que andamos todos. Comenzó a caminar y desapareció. Como un pensamiento vano, como una idea improvisada o como el vapor del agua. Como aquello cuya existencia se acaba cuestionando con el paso del tiempo.                                  

© 2017 Eduardo Caballero

 

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