Canción para el pequeño

 

 

Cuando uno se pelea de verdad con el mundo, pierde las fuerzas para escribir. Una pelea grave, como aquéllas fraternales que llevan a hermanos a dejar de hablarse "para siempre", aun sabiendo que cuanto más daño pueda pensar uno que infringe al otro, mayor es el daño infringido a uno mismo; aun sabiendo que, así dure años el silencio, habrán de volver a intercambiar palabras un día. Y, sin acertar a saber si esto es condena o redención, ambos agradecen que, en ese momento, haya transcurrido el tiempo silente necesario para no recordar el motivo de la riña. Y es así que uno recupera finalmente algo de fuerza para escribir, también porque no puede renegar de la sangre; regresa para retomar todo lo concerniente a su relación con el mundo y con todos los personajes que lo conforman, incluido uno mismo, que es quien mayor daño sufre en estas peleas, absurdas de inicio porque el mundo está en el curso de los mayores y todos los pequeños saben que no hay que pelearse con los mayores, y saben que se pierden hasta las fuerzas que no se tienen, pero no así el deseo, que arde como un fuego inextinguible y nutre esa fuerza en el silencio del exilio.                                              

© 2017 Eduardo Caballero

 

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