ALTA MAR

 

 

Aunque hubiera podido despedirme, aunque me hubiese despedido, tu marcha hubiera sido igual de repentina. He pensado en cuál sería la forma más adecuada de marcharte sin que duela. No la encuentro, todas duelen. Así que ahora sé que yo he de irme igual, repentinamente. Miro a mi alrededor, pienso en aquello que es mío, mis gafas, mis marionetas, mis estilográficas, mis relojes, la mesa en que trabajo, mis zapatillas o en la taza a medias del café que estoy tomando, contemplo todo esto como si, de pronto, mirara desde otro lugar a través de un catalejo o desde la ventana de un camarote, miro y pienso que así queda todo. Comienzo a imaginar quién recogerá y qué hará con todos los objetos; con mi ropa, mis tazas, mi calzado o mis farolillos. Así queda todo. Así comenzaste a marcharte. Alguien tuvo que decidir sobre el café a medias que se enfrió desolado. Alguien decide mientras atesoro recuerdos y me esfuerzo en no olvidar porque es el mayor temor. ¿Quién sabrá, en mi ausencia eterna, que conservo la camisa roja del armario porque tú arreglaste los puños? Que no es una camisa de la que deshacerse. Fue la última camisa que me arreglaste porque después la vista te impedía coser. Éstas cosas me atemorizan también, la pérdida tras mi marcha. Los olores se disipan, las huellas se borran y los objetos se desechan. Y es por ti que procuro pasar página, leyendo cada línea de hoy con la certeza de que aún queda libro y queda historia. Que símil tan absurdo. No, he de procurar avanzar porque no puede vivirse así, ¿verdad? Cierro el catalejo, me separo de la ventana. Marea contemplar el mar durante la travesía. Me tiendo en la cama y procuro dormir, mecido por el oleaje. Aún queda travesía.                                                                    

© 2019 Eduardo Caballero

 

 

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