ADIÓS, BELLA

 

 

Mi sobrina estuvo en un campamento militar este verano y, claro, se ha reencontrado con sus compañeros y amigos castrenses el día de la Hispanidad. Momentos antes del desfile han cantado la canción de hoguera del campamento. Lo cierto es que, en aquellos días, la cantaban a coro a cualquier hora para enaltecer su fraternidad, así que ha podido ser una forma de mostrar su alegría por reencontrarse. Cantaban la célebre canción popular entonada por simpatizantes del movimiento partisano italiano en la Segunda Guerra Mundial. Pude escucharla hace unos meses en los vagones del suburbano italiano. Al parecer, una persona comenzó a entonarla y los demás se sumaron al coro. Algo impresionante en lo emocional. Sentimientos vivos. De niño cantábamos la misma canción en los campamentos de montaña. Yo la sentía triste y llegué a cantarla en la cama, antes de quedarme dormido. A solas y en un susurro que nadie oyera. Utilizamos el tiempo para hacer más amable el dolor que dejamos atrás sin olvidar. Una guerra queda atrás, los partisanos que no regresaron quedan atrás, pero el canto al cielo, el canto de esperanza, de coraje, permanece vivo en memoria suya y pese (o gracias) a convertirse en canción de campamento. Los adolescentes la cantan como la cantábamos de niños, sin conciencia del significado de las palabras, del canto. Conciencia profunda, tan honda como es una fosa a la que nunca deja de caer tierra. Entonces, se lloraba, se despedía; ahora, se ríe, se reencuentra. Así debe ser porque así es. Una mañana me desperté. Adiós, bella, adiós, bella, adiós, bella, adiós, adiós. Una mañana me desperté y encontré al invasor.

 

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