Las citas a las que no acude                   Navidad

 

Hermosa palabra “cita”.  Inmediatamente surge en la persona una luz interior y la irradia. Expectativa. Ensueño. Romance.  La cita con la Navidad es más,  supera a todo eso.  Es evocar el nacimiento de un niño del cual se sigue hablando dos mil años después. No muchos pueden tener ese privilegio en la humanidad.

 En algún momento alguien dijo que “por primera vez aquel año, la Navidad no había acudido a la cita”.  Estoy en desacuerdo con esa afirmación.  A mucha gente, realmente a mucha gente, la Navidad nunca le acude. Cuando se abren las bolsas a las doce de la noche del veinticuatro de diciembre, se produce un éxtasis que no es religioso precisamente.  Las chombas con escote en “V” no me quedan, ¿viste?...  Ese perfume se lo voy a poner al Chicho, es un perro tolerante, ¡por favor regalar eso! 

En un rincón la abuela balbucea de la época en que se iba a la misa de gallo, los niños corren y juegan con todo aparato electrónico posible y el alcohol fluye junto con los maníes, el pan dulce,  el turrón forrado en chocolate y treinta y cinco grados de sensación térmica.   El colmo:  un sobrino quinceañero pregunta a la una de la  mañana del veinticinco de diciembre,   ¿hoy es cuando lo mataron?

 

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