Un día cualquiera

 

Como cada lunes, Pedro subía las escaleras hacia su oficina cuando un hombre, vecino del bloque, se abalanzó sobre él desde uno de los rellanos. Su mirada se perdía tras unos ojos grisáceos. De su boca caían hilillos de baba viscosa y purulenta. Pero lo que más llamó la atención de Pedro fue el mordisco que presentaba en su cuello. Por poco no cayó sobre él. El hombre se precipitó escaleras abajo quedando inmóvil en el descansillo del piso inferior.

-¿Qué coño?

Unos gritos le sacaron de su ensimismamiento. Una mujer gritaba desesperada frente a otro hombre de las mismas características que el anterior. Pedro, no sin dudarlo, cogió la maceta que decoraba el último escalón y la estampó contra la cabeza de aquel individuo.

-¿Está bien? –preguntó. Presentaba una fea herida en su brazo.

-Para mi es tarde –respondió temblorosa-. Pero usted puede salvarse. Azotea…

Dejó de respirar. Varios gemidos volvieron a ponerle en guardia. Otros vecinos subían las escaleras, todos con la misma cara. Cada uno de ellos con ganas de comérselo. Pedro comenzó un vertiginoso ascenso para alcanzar su meta. En cada piso encontraba nuevos peligros en forma de persona que trataban de atraparle.

Tras interminables minutos y cientos de escalones, llegó a la puerta de la azotea. Sonrió mientras suspiraba aliviado. Alargó su mano hacia el picaporte, pero no era su día de suerte. La puerta no se abrió.

Los gemidos cada vez eran más intensos  y se acercaban lentamente, sin pausa.

-Voy a morir.

Cerró sus ojos y comenzó a llorar. Notó el templado aliento de sus perseguidores. Sintió como decenas de manos le agarraban.

-Arriba –una voz sonó a su espalda.

La puerta estaba abierta, una figura tiraba de él. Los disparos comenzaron. Se desmayó con las hélices de un helicóptero rotando sobre él.

 

 

 

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