Inspiración 1/3

 

¿Cuál es el mejor modo de empezar a contar una historia? Cuando me decidí a escribir, tras muchas veces delante del ordenador, mirando la ventana del editor de texto, con su primera página en blanco, comencé a teclear y borrar demasiadas veces. Era incapaz de conseguir una primera frase interesante. 

Siempre he pensado en esa impresión inicial que dan unas líneas. La dificultad de conseguir un comienzo interesante, fuera de lo común. Pero aquí estoy, dejando que mis dedos vayan pulsando las teclas, transformando en palabras los pensamientos que vienen a mi cabeza, sin parar de darle vueltas a mi intención inicial, ¿es esto un buen comienzo? Lo más seguro es que no, pero es inevitable tener que empezar de algún modo.

El problema puede llegarme cuando trate de cambiar el foco de atención. El momento en el que ya haya decidido que ya está bien y pueda empezar a contar mi historia.

¿Crees que he conseguido algo, o simplemente me he ido por las ramas para romper ese muro de la mente en blanco? Lo cierto es que tampoco me importa mucho. El caso para mí era ponerme a escribir y dar rienda suelta a las ideas, y formar, de algún modo, un pequeño prólogo para lo que se te viene encima. La forma en la que meterte entre estas páginas y que, una de dos, continúes leyendo con la curiosidad de por qué hago una reflexión tan sin sentido y si de verdad será algo interesante lo que te tengo que contar. O por el contrario hayas podido adelantarte y saber que no quieres perder tu tiempo leyéndome.

¿Continuamos? Antes de nada, sería mejor introducirme un poco, presentarme. Mi nombre es Miguel Recio. Perdona que haga una pausa aquí, nada más empezar, pero es que mi apellido siempre me trae a la mente una película de ciencia ficción de los noventa. Llena de bichos que solo quieren acabar con la humanidad, y una humanidad que solo quiere acabar con los bichos. Bueno, vuelvo. Tengo treinta y siete años. Nacido en esos maravillosos setenta y nueve, final de una década que empezó negra y acabó en un movimiento de desinhibición, de libertades (controladas), de destape, de viva la vida y disfrute, que continuaría unos años más en mi infancia, hasta bien entrados los ochenta. Una infancia feliz, llena de amigos, vacaciones en la playa y en el pueblo, de revolución. Aquellas reuniones frente a la televisión, ya de color desde hace unos años, con sus pocos canales, en las que toda la familia veía todo juntos. Dibujos animados, series para mayores, películas, salvo aquellas de los rombos.

Espera… Para un momento, ¿estoy convirtiendo esto en una oda más a esa melancolía que nos traen nuestros años mozos? ¿Ese movimiento actual que existe en las personas que estamos entre los treinta y los cuarenta años? ¿Qué morimos de gusto por series actuales como Stranger Things? Mejor lo dejo aquí.

Como iba diciendo, me llamo Miguel, tengo treinta y siete años, y ahora estás leyendo un relato mío, creo, o lo que sea que sea esto. No sé si en un libro, en una web o que te lo ha pasado alguien a quien se lo he pasado yo. Da igual, el caso es que estás leyendo, ¿por qué? Podrías haber elegido muchos otros, incluso coger un comic y disfrutar de algo mucho más visual. Bueno, ahora mismo eso no importa, aquí estás.

 

 

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