Fragmento de novela                      HERRANTE

 

 

[…]

Llegó a la esquina desde la que se veía el ventanal, una silueta se dibujaba en un lateral, iluminada tenuemente por el haz de luz que entraba a través de los cristales. Estaba acurrucada sobre sus piernas y escondía su cabeza entre las rodillas. Avanzó despacio hacia ella, dando pasos cortos y apoyando la mano contra la pared y las cajas cuando estas estaban de por en medio.

          —¿Quién eres? —preguntó— ¿Estás bien?

          La silueta dejó de llorar y levantó levemente la cabeza hacia él, pero no pudo distinguir nada. Se quedó parado en el sitio, pensando en no hacer ningún movimiento brusco, aunque no sabía muy bien porqué. Al ver lo pequeña que era, supuso que se trataba de una niña. Ésta bajó de nuevo la cabeza hacia sus rodillas y continuó sollozando.

          —¿De dónde has salido? —la pregunta fue más bien dirigida hacia sí mismo que pronunciada en voz alta.

          Comenzó de nuevo a andar. La niña no le prestaba atención. No sabía cómo podía ser posible, pero parecía que no se acercaba a ella, a pesar de dar un paso tras otro. Probó a acercarse por un lado, en vez de directamente. Cambio de sitio y se pegó a la pared izquierda, ahora se encontraba en diagonal con la silueta, que volvió a dejar de sollozar, pero no levantó la cabeza. Empezó a caminar y, esta vez sí, llegó a situarse paralelo a la niña.

          Fernando estaba en un lado del desván, pegado a la pared, junto a tres cajas apiladas una sobre otra llegándole casi a la altura del pecho. Un haz de luz, de color grisáceo, iluminaba el suelo frente a él, de casi dos metros de ancho. Al otro lado, en la oscuridad, la niña agazapada.

          —Hola, pequeña —dijo agachándose para ponerse más o menos a su altura—, ¿por qué lloras?

          La niña no respondió y se acurrucó aún más sobre sí misma, arrastrándose hacia la oscuridad.

          —No tengas miedo —dijo Fernando.

          Lo cierto era que, probablemente, él tenía más miedo que ella. La rabia y el enfado dejaron paso al miedo cuando escuchó los sollozos por primera vez, preguntándose cómo demonios podía haber allí una niña.

          —No llores, por favor.

          Dio dos pasos y se situó en pleno haz de luz, cortándolo y extendiendo su sombra hacia el interior del desván. La niña continuaba en el mismo sitio, esta vez no reaccionó a su presencia. Viendo la posibilidad de acercarse más, dio un nuevo paso al frente.

          —Dime —preguntó extendiendo el brazo hacia delante—, ¿por qué lloras?

          La niña dejó de sollozar y levanto la cabeza, aún estaba en la oscuridad y él seguía sin verla claramente. Sintió un escalofrió en la espalda y una extraña presión en el cuello. Miró a su espalda con la sensación de tener algo realmente grande tras él. Al no ver nada, volvió la vista hacia la niña, que ahora estaba de pie frente a él, la luz había desaparecido.

          —Lloro por ti —dijo en voz baja—, por tu alma.

          Con su pequeña mano, que estaba helada, le recorrió la mejilla. Al mirarla, una cara sin ojos, ni boca, ni nariz se lanzó contra él que, esperando un fuerte golpe, gritó y perdió el equilibrio. Sus manos se extendieron hacia delante, tratando de contener el cuerpo de la niña, pero al tocarlo, una montaña de polvo negro cayó sobre él, arrastrándole. Dentro de ella escuchaba la voz de la niña una y otra vez.

—Lloro por ti, lloro por ti, tu alma, tu alma, por ti.

Comenzó a caer al vacío, gritando desesperado, el fondo totalmente negro nunca llegaba y no podía agarrarse a ningún lado. Cerró los ojos con fuerza, notando como las lágrimas se escapaban de entre sus párpados. Continuó gritando.

[…]

 

 

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