El peligro de la mente

 

Estas últimas noches me acuesto con una imagen en la cabeza; cierro los ojos y todo comienza en un escenario inundado de oscuridad. Parece que navego en alguna dirección, sin saber cuál, por no tener referencia alguna a mí alrededor, salvo el color negro. Pero la sensación de movimiento es continua.

Inundado por la incertidumbre de mi viaje abro los ojos y me sumerjo en la tenue luz que entra por las ranuras que dejo en la persiana de mi habitación. Algo perdido por no saber si el movimiento en la oscuridad significa algo o es simplemente un ejercicio de mi mente por relajarse y comenzar el sueño.

Al poco, vuelvo a cerrar los parpados y una imagen aparece en la lejanía. Me acerco a ella, como llevado por el efecto de una cámara en una película… y ahí estoy yo.

Sí. Ahí estoy yo, colgado en el espacio. En un espacio oscuro, iluminado con luces tenues que parecen estrellas lejanas, tengo la sensación de conocer el lugar o de haberlo visto en algún sitio. No me parece algo original.

Dejando de centrarme en lo que me rodea, me observo a mí mismo. Estoy desnudo, pero no algo real; tengo forma de muñeco de felpa, sin genitales, sin músculos, sin pelo. Una forma humana solo por la silueta. Lo más intrigante es ver como diversas cuerdas salen de mi cabeza, decenas de ellas, llegadas desde algún punto de este extraño universo. Sobre cada una órbita una palabra; “entrega”, “seguridad”, “amor”, “confianza”, “trabajo”, “familia”, “pareja”, “felicidad”, “amistad”… y así hasta completar un extraño circulo a mi alrededor.

Al acercarme a mi cuerpo, veo algo que llama mí atención. Una soga rodea mi cuello, apretada con fuerza. La cuerda cuelga en distinta dirección a las demás, se pierde sobre mi cabeza. Cientos de palabras se mueven temblorosas; “miedo”, “soledad”, “abandono”, “tristeza”, “desconfianza”, “odio”, “angustia”… son tantas que se mezclan unas con otras haciendo imposible leerlas todas.

Bum. Un estallido me saca de mi contemplación. Miro hacía lo que creo que es su origen. Veo una fuerte luz, quizá provocada por una explosión lejana, que crece hasta formar un extraño hongo que acaba por desaparecer. Segundos después, una de las cuerdas comienza a caer, perdiendo tensión. Cuando el extremo suelto pasa mi lado, un tirón provoca que la otra parte salga bruscamente de mi cabeza. No hay sangre, no hay dolor. Sólo queda un agujero negro en el lugar por el que entraba. La palabra “felicidad” desaparece de mi lado. 

Mi cuerpo se convulsiona y cede a su peso, haciendo que la soga del cuello se estire un poco más y apriete con fuerza. Lagrimas surgen de mis ojos, pero no hay muestras de dolor físico, parece emocional.

Bum. Bum. Bum. Una reacción en cadena, las cuerdas no dejan de soltarse. Al caer la última, nos miramos fijamente, antes del latigazo, que la soga está deseando provocar en mi cuello, abro los ojos. Siento algo en mi estómago, en mi cabeza. Mi respiración es acelerada, la angustia invade mi cuerpo, una lágrima comienza a recorrer mi mejilla. No puedo volver a cerrar los ojos.

 

 

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