Compañera oscura

 

Cada noche la veo a los pies de mi cama. Ahí está, sin inmutarse, sin moverse. Totalmente erguida sobre unas piernas invisibles, cubiertas por una mugrienta capa negra. Me observa sin mirarme, a través de sus cuencas vacías, oscuras y profundas. En las que me pierdo en un inmenso desierto negro cada vez que me atrevo a mirarla directamente. Sonríe con picardía, ansiosa por que llegue el momento en el que pueda actuar, ese instante en el que no habrá escapatoria posible y ella por fin podrá tomar mi alma.

 

Por el día siento su presencia, las sombras cubriendo los reflejos de luz cuando pasa frente a ellos. El aire frio cuando sin quererlo rozo cualquier parte de mi cuerpo con su manto oscuro. Una neblina gris y borrosa ante mis ojos cuando permanece totalmente quieta, en continua observación de su alma asignada.

 

En la calle mientras paseo, la sensación de ser perseguido por la nada. El sentimiento constante de una presencia a mi espalda, que ríe y disfruta de mi agonía. Un peso inaguantable e inexistente que asfixia mi cuerpo por dentro. Que me toca de vez en cuando para recordarme que está ahí. Esperando. Nerviosa por cualquier acontecimiento que me rodea, deseosa de aplicar su golpe final sobre mí, sabiendo el momento exacto en el que debe realizarlo, pero jugando con mi alma. Haciéndola sufrir por cualquier causa, provocando el pensamiento de que el final ha llegado. Pero sin llegar a consumarse.

Se divierte a mi costa. Y el día en el que tenga que llevarme con ella, será implacable.

 

 

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