Proyecto de ley

 

Quedo con Jacqueline para tomar un café mañanero. Buscamos el abrigo de una terraza con estufas y la luz de la mañana se tiñe de rojo como en los mejores atardeceres de Castilla. Acariciamos la taza y mecemos el café hasta que se queda dormido y poco a poco, se despiertan nuestros sentidos. Esto es felicidad, dice Jacqueline con la picardía que la caracteriza, sabiendo que saltaré como si me espolearan el alma. La miro, sonrío y entro al trapo. Tema, la felicidad, y dos amigas que han hablado mucho, de lo divino y lo humano, escépticas, existencialistas y unamunianas. Llenas de contradicciones e hijas de la pelea. Hablo y hablo mientras ella sonríe y se echa un poco de agua en el café. «Sigues haciendo lo mismo», le digo, y ella, asiente, «sí, porque me dura más». Lo lleva haciendo desde que estaba en la Universidad y un café tenía que durar cuatro horas.

 

Jacqueline es una persona peculiar, todo un mundo de micro mundos. Es Jimena, Dulcinea, Teresa de Jesús si le da por lo místico, Agustina de Aragón, soñadora, rebelde, con testaría, escéptica, peleona…

 

Suelto la lengua y me lanzo a la disertación. Intelectuales, filósofos, sociólogos, vividores, creativos y gente s del montón han dado vueltas y más vueltas a la noria de la tan traída y llevada felicidad. No sé muy bien si la felicidad es una meta o un camino, si es una utopía o una realidad alcanzable. ¿Es siempre fugaz o puede tornarse duradera? ¿Nos maneja a su antojo como la diosa Fortuna o hay que salir a buscarla? Jacqueline no contesta, me deja hablar. ¿Nos regala su presen-cia o pagamos tributos por sus presentes? Mil y una preguntas a las que cada uno damos las respuestas que nos convienen, engañosas casi siempre. Tejo y destejo como la paciente Penélope y Jacqueline, «ay, ay, Begoña, son los momentos, los instantes».

 

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