Mucho más que dos

 

 

 

María se balancea en su vieja y amiga mecedora. Era casi imposible que me amara después de tanto tiempo. Y si fuera así, ¿me amaría con la misma intensidad? Si me viera, me tocara, si me sintiera…Tal vez fuera yo la que no m irara su rostro, la que no juntara mi piel a la suya. Dos cuerpos acartonados y sólo el brillo sensual de unos ojos e ncerrados en oscuras cuevas.

 

Me dejaba llevar por el suave mecer. Me había gustado oír de nuevo su voz, pero ya no se estremecía mi cuerpo. Era como un eco dormido en montañas sin respuesta.

 

Bajé a la calle, crucé y entré en unas galerías. íOde una solícita señorita, ¿quiere sentarse? Debió de verme muy entrada en años para visitar la sección de aquellos atrevidos sombreros. Contesté, un poco contrariada: no, no quiero una silla, quiero probarme el sombrero más bonito de latienda; aquel, aquel de ala ancha y caída.

 

Era similar al que solía llevar años atrás, el quetapaba intencionadamente mis ojos y que yo levantaba insinuante cuando él se acercaba.

 

¿De qué serviría cubrirme la mirada? ¿Qué queda deaque-llos ojos inocentes y cómplices de mi irremediable atracción hacia él? Me quedo con su cálida voz y con sus labios, sus ojos, sus manos, su cuerpo…

 

No, no lo compré. Volví a mi habitación ahogada de recuerdos. Me dejé llevar en mi mecedora. Un sombrero de ala ancha ya no sería el arma de ningún lance amoroso.

 

Sonreí como lo hacen quienes le han ganado baza a la vida, al tiempo. Siempre tendría a mi amante, el de mis sueños compartidos, el de mis torturas deseadas, el del pecado sin arrepentimiento. Él me acompañaría solícito en las frías noches de mi vejez. Nuestro sería nuestro último beso.

 

Ayer, hoy, mañana, más que dos, Él y yo, y nuestroincon-fesable Amor.

 

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