Me lo tengo prohibido

 

Me gusta coger del perchero pañuelos de colores distintos y texturas diferentes. Salir a la calle y cubrirme los ojos con alguno de ellos.

¡Oh, maravilla! Mis ojos dejan de ser académicamente objetivos y las telas que los cubren, permiten jugar con las luces y las sombras, objeto e imagen y yo manejo la varita de la maga Circe.

 

Si me pongo el rojo, veo al farmacéutico de la esquina un tanto sofocado y juguetón y me carcajeo, es tan anodino y tan soso... y yo me siento la hermosa Venus. Si me pongo el amarillo, me sirve de tamiz, todos los semáforos están abiertos, con lo cual mi calle se convierte en una jungla de carritos de la compra, motos que se deslizan por las aceras y coches parados que no dejan de martillear con sus endemoniados claxon. Carcajeo de nuevo y me siento la diosa de la Fortuna. Si es el verde, sólo veo hojas de sauces que me acarician y mecen suavemente, pero sólo a mí y me siento la divina Ceres, y sonrío picarona y complaciente.

 

Para entrar en la tienda de los congelados, uso un pañuelo muy agradecido, y mis ojos dejan de llorar al ver entre cuadrículas de hilo tejido seres inertes, tiesos, hechos pedazos y colocados en sus respectivos escaparates, y suelto mi soplo de Vulcano, y les derrito, y me río bailando «Cantando bajo la lluvia», chapoteando en el charco turbio que se ha formado en el suelo.

 

Y tengo siempre el pañuelo azul que guardo en el lugar más abrigado de mi corazón. Lo saco y cuando cubro con él mis ojos, me divinizo totalmente, me despego del suelo, me lleno de cielo, y desde arriba alcanzo una perspectiva mágica, etérea que me resisto a abandonar. Oigo: «Adiós Begoña», y el pañuelo se desliza suavemente por mi cara. Sonrío complaciente y vuelvo a guardarlo en el lugar más abrigado de mi corazón. 

 

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