Espuma

Llevaba tiempo de proa a popa, sin brújula, sin carta astral. Debía encontrar el rumbo y las continuas mareas me llevaban de un lugar a otro. No podía lanzarme al agua ni permanecer más en cubierta. La situación de barco encallado me mareaba hasta el extremo de vomitar.

Cada vez que pretendía llegar a tierra firme, recalaba en alguna ciudad fantasma que me recogía durante algún tiempo, para luego echarme de nuevo en busca de turbios horizontes.

Aquella noche salí con el propósito de no volver a esconderme en los falsos refugios que mi mente siempre encontraba: un pequeño tugurio donde tomar una copa, un solitario parque con algún desocupado banco en el que llorar mi suerte.

Sabía que debía elevar anclas, virar a babor y vadear en desconocidas aguas- Caminé por las calles. Todos los edificios se me hacían enormes figuras distorsionadas, gigantes al acecho, y de las puertas y ventanas de los locales que aún permanecían abiertos se escapaban luces mortecinas y ruidos ensordecedores. La neblina no levantaba, no me permitía atisbar ningún horizonte.

Necesitaba agarrarme a un mástil para no zozobrar-En algún lugar luciría un faro. Los buenos fareros no duermen.

Me adentré en la sugerente niebla y un canto seductor de sirenas me arrastró hacia aquella puerta. Alguien cantaba un blues. Atravesé el puente, subí a bordo y poco a poco amainó la tormenta. Me encontraba segura y el turbulento mar de mi interior se iba volviendo playa.

Terminó la música y alguien me ofreció su mano para subir a bordo. Me sujeté al mástil con todas mis fuerzas, puse rumbo y zarpé confiada hacia la isla del encuentro. Me esperaban el tesoro escondido, las perlas grises del pirata.

Dejé en el fondo de mi mar el ancla oxidada. Solté las viejas y anudadas redes. No necesitaba intrépido capitán. Ya  no era marinero náufrago. Tenía a mi lado al vigilante farero. Sería espuma, el encaje de las inmensas crestas azules que despuntan en el mar; ellas nos mecerían y yo me dejaría llevar.

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