Amanezco                       en una cama extraña

 

La obra aún no tenía texto. Las musas juguetonas revoloteaban en mi cabeza sin querer hacerse visibles. Tenía veinte años, imaginación, y un sentimiento nuevo y chispeante que me tenía algo desconcertada. La trama argumental iba tomando forma pero no lograba ponerle nombre, ni personajes, ni mucho menos, desenlace. Sólo quería que sonara el teléfono y empezaran los ensayos.

Aquella mañana de octubre llamó Juan para que iniciáramos el ensayo de la que sería nuestra próxima representación.

Éramos todos muy jóvenes, principiantes. El teatro nos apasio- naba, permitía que sacáramos fuera nuestra rebeldía, sueños, contradicciones y pelea. Lo llamábamos «teatro independiente» que no sabíamos muy bien qué era, pero que estaba de moda, nos daba la independencia de reír, vibrar, sudar, fumar, tomarnos unas cervezas, y que nos hacía sentir únicos, diferentes, contestatarios y atados fuertemente a nuestros compañeros de la Facultad.

Nos reuníamos en una desolada nave de frío latón sin más escenario que una vieja tarima, unas velas que hacían de candilejas y unas alfombras hippies compradas en el rastrillo de los domingos. El lugar era perfecto, inquietante, algo prohibido, y nosotros lo llenábamos de calor, humo y buenas

vibraciones.

No fue posible ensayar, faltaba Carlos, el que se autoproclamaba autor, director y tramoyista. No lográbamos entender del todo lo que pretendía sacar de nosotros o provocar en los que nos escucharan. Nos dejábamos llevar.

Decidimos erigirnos personajes ficticios, ajenos a cualquier argumento y dejar aflorar el subconsciente con frases cortas y gestos exagerados. Íbamos de un lado a otro de la tarima como poseídos por una fuerza irresistible. Tomé consciencia del momento y de la situación. Era mi ocasión y mi primera y tal vez única estrategia. Tenía que lograr que Juan aparcara por unos momentos su rebeldía, su intelectualidad, y me viera como lo que era, una mujer enamorada. En mi juego teatral me vi reflejada por unos instantes en sus ojos y dejé de actuar, de zarandearme por el escenario entre balbuceos, frases incoherentes y gestos esperpénticos. Me acerqué y le besé. No se sorprendió. Me besó.

El primer acto de aquella obra en principio sin texto ya lo tenía. Nos fuimos abrazaditos y pasé la noche en una cama que no era la mía pero no extraña ni desconocida. Hacía tiempo que la había soñado.

Y ensayamos el segundo acto y el tercero y siempre se bajaba el telón en aquella cama soñada. La obra ya tenía texto, autor, director, y no era teatro independiente, era simplemente amor y era de los dos.

 

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